Lunes 1 DE Junio DE 2020
La Columna

El grito de un país con hambre

Fecha de publicación: 06-05-20
Por: Lucía Escobar

Ya pasó más de un mes desde que en casi todo el mundo, comenzamos a encerrarnos en las casas. Lo insólito se volvió rutina, y después del miedo inicial regresó la monotonía. Los días de la semana se empezaron a parecer demasiado unos a otros. De pronto, actos que antes no importaban como cambiar las sábanas, ahora me producen grandes dosis de placer. Sacar la basura es un corte en las rutinas de mis días; pasear al perro es todo un acontecimiento que implica cambio de ropa y protocolo especial. Y hasta cocinar se ha vuelto ese reencuentro con la cultura y con las antepasadas que nos heredaron sus gustos y conocimientos a través de la comida. En estos días de pandemia, los actos cotidianos de supervivencia como ir al mercado, se vuelven un peligro real de enfermedad, muerte o cárcel (por incumplir el Toque de Queda). Pero para la gran mayoría de guatemaltecos la realidad es morir de hambre.

El hambre.

No sé lo que es tener hambre pero sé reconocerla en la angustia del padre de familia que sin trabajo tocó a mi puerta ayer y anteayer para ver si me sobraba algo de comida para sus hijos. La he visto en los gestos rápidos y apurados del charamilero que revuelve en la basura buscando alguna sobra de pan viejo. Hay desfile de hambrientos todos los días afuera del restaurante Rayuela. Son cuadras y cuadras de familias y personas individuales que buscan un plato de comida para llenar su panza. Veo hambre en mujeres y adultos que deambulan en las calles pidiendo trabajo, comida o un apoyo económico para sobrevivir. Veo hambre y angustia en la pareja de ancianos y recicladores que no pueden dormir ahora en el parque porque está cerrado. Veo hambre en el chiclero que no podrá salir más a vender porque tiene más de 60 años y le han negado su derecho a ganarse la vida. Puedo sentir el hambre del vendedor que fue albañil y maestro y nadie le da trabajo, en la madre soltera que no sabe con qué llenarle la panza a sus hijos y que ya no puede limpiar casas para llevar un poco de comida. Hay hambre en los cientos de desempleados, los abandonados, los que no se cansan, los migrantes, los descalzos, los locos, los ambulantes, los sin casa. Hay hambre en los que siempre han tenido hambre, en el Corredor Seco, en las aldeas, en los pueblos, en las colonias pobres, en las casas a las orillas de los barrancos, en los albergues, en los asilos y en los orfanatos.

Somos un país con hambre agudizada con la crisis del coronavirus y con cada decisión insensata del gobierno de turno o de los diputados que siguen priorizando gastos superfluos sobre el hambre de todo un pueblo.

Pero en medio de esa hambre, siempre hay gente solidaria que se une para dar de comer a quienes más lo necesitan. Son varios los proyectos que han nacido espontáneamente estos días para apoyar a quienes la están pasando peor.

El país se está llenando de banderas blancas que imploran por víveres pero también por justicia, por autoridades competentes y por un sistema de salud gratuito para todas y todos.

Si bien es cierto que no se pueden resolver los problemas del mundo a pura caridad, hoy en día en Guatemala, al menos darle un plato de comida al prójimo puede ser un gran cambio. Cada día, cada semana, los que tenemos un poquito más que los demás podemos apartar un porcentaje de nuestro presupuesto, la parte de los lujos o de las comidas afuera para apoyar alguna familia o algún proyecto social que lo necesite. No podemos ser indiferentes a las banderas blancas que se rinden ante el hambre.