Lunes 1 DE Junio DE 2020
La Columna

Apuntes de la cuarentena (IV)

Lado B.

Fecha de publicación: 05-05-20
Por: Luis Aceituno

Leo la carta pública de Michel Houellebecq sobre el confinamiento y el coronavirus, publicada ayer lunes en el sitio de France Inter. He seguido un poco a regañadientes la trayectoria de este escritor francés, desde que escribía críticas de discos en revistas de música rock hasta que se convirtió en un icono de la posmodernidad con sus poemas, sus novelas y sus crónicas rabiosas. Hay algo en su literatura, sin embargo, que a ratos termina por fastidiarme. Ha escrito páginas magistrales, es imposible negarlo, pero no comprendo ese empecinamiento por situar sus obsesiones siempre por encima de su a veces deslumbrante trabajo creativo. Tiene en sus mejores momentos algo de  Louis-Ferdinand Céline, sobre todo la rabia, pero esa pose de profeta del desastre a la que lo ha condenado el mercado literario puede llegar a ser insoportable.

Lo que si le respeto a Houellebecq, es esa capacidad que, a pesar de todo, tiene para sorprenderme. Cuando muchas veces hastiado de sus peroratas, decido cortar por lo sano, cerrar el libro y pasar a otra cosa, me lanza una frase o un párrafo, que pueden llegar a estremecerme, y tengo que reconocer que detrás de ese personaje a ratos pintoresco, a ratos inquietante, se esconde una de las inteligencias más preclaras del mundo contemporáneo.

Su análisis de la situación por la que pasamos, es uno de los escritos más lúcidos e importantes que he leído sobre el asunto. Se agradece la agudeza y el sentido del humor, en medio de tanta actitud grave y doctoral con la que la mayoría de pensadores o simples escritores trata de explicarnos los acontecimientos, anunciarnos lo que será el mundo después de la peste. El autor francés es contundente al respecto: “Nos nos despertaremos en un nuevo mundo, cuando terminé el confinamiento; será el mismo, solo que peor”.

Pero esta afirmación, de una lógica irrefutable para los que leemos periódicos, seguimos las noticias en la tele y buscamos comprender qué es lo que en realidad estamos atravesando, no es la que más llamó mi atención del texto. Sino un vieja polémica, que Houellebecq nos recuerda, entre Flaubert y Nietzsche. Mientras el primero afirmaba que no se puede pensar ni escribir bien más que sentado; el segundo tenía la convicción de que las ideas y la escritura solo surgían de la vagancia, entendida esta como la caminata sin rumbo ni objetivo por calles y senderos. Los que no tenemos el genio absoluto de Flaubert para concebir obras maestras como ‘Madame Bovary’ encerrados en una habitación estrecha, preferimos estar del lado de Nietzsche.

Sin embargo, ¿quién puede vagar sin rumbo, sin objetivo, sin preocupación por las calles de la ciudad de Guatemala en los tiempos que corren? Es quizás esta imposibilidad, me digo, lo que ha hecho que el confinamiento y el aislamiento no nos parezcan situaciones del todo extrañas. Quien camina por las calles de esta ciudad lo hace por necesidad, por trabajo o por pobreza, y sabiendo que se encuentra en una situación extrema y peligrosa. Aquí nadie se pasea por las calles, se dirige de un punto a otro –siempre de prisa, siempre temeroso– y quien lo hace se convierte en sospechoso o en víctima potencial de violencia. En esta ciudad vivimos como rehenes y esto no es consecuencia del coronavirus, sino de una realidad más compleja. La “nueva normalidad” quizá signifique aceptar con resignación  todo aquello que nos aísla desde hace muchos años. O comprender que jamás escribiremos algo equivalente a  ‘La genealogía de la moral’ como resultado de la vagancia.