Domingo 5 DE Abril DE 2020
La Columna

Los días de la peste

Lado B

Fecha de publicación: 10-03-20
Por: Luis Aceituno

“Digo, pues, que ya habían los años de la fructífera Encarnación del Hijo de Dios llegado al número de mil trescientos cuarenta y ocho cuando a la egregia ciudad de Florencia, nobilísima entre todas las otras ciudades de Italia, llegó la mortífera peste que o por obra de los cuerpos superiores o por nuestras acciones inicuas fue enviada sobre los mortales por la justa ira de Dios para nuestra corrección, que había comenzado algunos años antes en las partes orientales privándolas de gran cantidad de vivientes, y, continuándose sin descanso de un lugar en otro, se había extendido miserablemente a Occidente. Y no valiendo contra ella ningún saber ni providencia humana (como la limpieza de la ciudad de muchas inmundicias ordenada por los encargados de ello y la prohibición de entrar en ella a todos los enfermos y los muchos consejos dados para conservar la salubridad) ni valiendo tampoco las humildes súplicas dirigidas a Dios por las personas devotas no una vez sino muchas ordenadas en procesiones o de otras maneras, casi al principio de la primavera del año antes dicho empezó horriblemente y en asombrosa manera a mostrar sus dolorosos efectos…”

Corría pues el año de 1348, cuando Giovanni Boccaccio se dio cuenta de que las ratas invadían Florencia y los cadáveres se apilaban en las banquetas a la espera de cristiana sepultura y él decidió abandonar la biblioteca donde vivía enclaustrado leyendo a clásicos griegos y latinos, para irse a mezclar con la gente en plazas, tabernas y prostíbulos. Entre otras cosas, estaba inventando el periodismo moderno: bajar a la calle para sentir el horror en carne propia y luego tratar de contárnoslo de la mejor manera. Porque ¿qué otra cosa podía mover a un hombre como él a abandonar su aislamiento y enfrentarse de forma tan insensata a la infección y a la peste? Lo que sí, es que, paradójicamente, caminando hacia a la muerte Boccaccio encontró la vida, y eso, al final de cuentas, fue lo que quiso celebrar como única manera de resistir a la descomposición.

Diez jóvenes, tres hombres y siete mujeres, huyen de la peste negra para refugiarse en un pueblo abandonado en las afueras de la ciudad y así evitar el contagio. Para resistir, durante dos semanas, se cuentan historias de amor y de deseo, de lujuria y picaresca, de celebración de la vida… En pocas palabras, este es el argumento del ‘Decamerón’ (“el acontecimiento de los diez días”, más o menos traducido), el libro que Boccacio escribió en “vernáculo dialecto florentino” (es decir, en argot) como resultado de la experiencia.

Petrarca, amigo de Boccaccio, detestaba el libro, le resultaba prosaico, vulgar y carente de todo clasicismo y estilo. Sin embargo se opuso a que su autor lo quemara, agobiado por los escándalos y las prohibiciones eclesiásticas que su difusión había producido. A pesar de todo, el autor del ‘Cancionero’, sabía que en el ‘Decamerón’ se encontraba el germen de todo lo nuevo, que su amigo había encontrado en esos relatos groseros, contados en fondas y cantinas para conjurar la muerte, una nueva forma de poesía. Una poesía que nos ayuda a enfrentar la descomposición, que nos mantiene en vida en medio de todas las pestes que se nos vienen encima.