Lunes 21 DE Septiembre DE 2020
La Columna

Los años con Cardenal

Lado B

Fecha de publicación: 03-03-20
Por: Luis Aceituno

Ernesto Cardenal murió el domingo pasado, a él le debo la poesía y algunas otras utopías enredadas. Me torció la vida, por así decirlo, me abrió la ruta hacia una aventura intelectual que me define, para bien o para mal, hasta el momento mismo, en que intento escribir estas líneas para agradecerle esas palabras leídas con fervor adolescente, para agradecerle la Hora cero, Gethsemani Ky, la Oración por Marilyn Monroe

Me encontré con él a los 15 años, cuando cursaba 4º. Magisterio. Méndez Vides me recuerda un libro que fue definitivo en aquella época para nosotros: ‘Nuestro lecho es de flores’, del poeta colombiano-nicaragüense William Agudelo. Una serie de reflexiones, apuntes, notas de diario que me marcaron en una época en que me debatía entre el cristianismo pos Vaticano II, el rock’n’roll y el existencialismo sartreano. William había sido seminarista, hippie, beatnik, nadaísta, rockero, cantante de protesta y “bailador de twist”, como lo define Cardenal en ‘Las ínsulas extrañas’. Fue por él que supe de Solentiname, esa comunidad entre mística, revolucionaria  y lírica que el poeta de los Salmos y los Epigramas había fundado, por influencia de su maestro Thomas Merton, en un islote del Gran Lago de Nicaragua, muy cerca del río San Juan y de la legendaria finca del mítico José Coronel Urtecho. Carlos Laínez –hermano lasallista, mi profesor de teatro y literatura, a quien le debo mucho– me regaló entonces la ‘Antología’ de Cardenal publicada por Educa, justo antes de que yo partiera de vacaciones a un pueblo refundido en el fin del mundo, en donde si no leías, te morías de aburrimiento. Yo, que era absolutamente sordo para la poesía, regresé de la experiencia recitando de memoria (o al menos intentándolo) aquello de  “Noches Tropicales de Centroamérica,/ con lagunas y volcanes bajo la luna/ y luces de palacios presidenciales,/ cuarteles y tristes toques de queda”. Siempre que aterrizo en Managua se me vienen a la cabeza estos versos.

El segundo encuentro ocurrió en París, en la Maison de la Mutualité, a finales de 1982, durante un acto de solidaridad con Centroamérica. Ernesto Cardenal, Roberto Armijo y Manuel José Arce leyendo poesía. Una noche que guardo para siempre en la memoria, que me regaló dos cariños entrañables (Roberto y Manuel José) y el privilegio de cruzar dos o tres palabras con el autor de los poemas que me habían cambiado la vida.

A principios de 2005, mi queridísimo Luis Rocha me invitó a participar como jurado en el certamen de poesía latinoamericana celebrado en ocasión de los 80 años de Ernesto Cardenal. Fue una experiencia de lo más memorable y grata. Quince días recorriendo con Luis paisajes y pueblos nicaragüenses, entre ellos Niquinohomo, donde nació Sandino; platicando con Claribel Alegría, Sergio Ramírez, la poeta cubana Nancy Morejón y algunas míticas figuras de la lucha antisomocista. El mayor privilegio, una charla personal con Cardenal que duró una mañana, en donde hablamos de Merton, de Joaquín Pasos, de José Coronel, de Carlos Martínez Rivas, de la gran poesía nicaragüense y de la gran poesía norteamericana, de Solentiname, de la revolución perdida, de todos esos mitos que él me había regalado.