Viernes 21 DE Febrero DE 2020
La Columna

La mezquindad de los Oscar

Lado B.

Fecha de publicación: 11-02-20
Por: Luis Aceituno

Martin Scorsese, está claro, nunca ha sido el hombre de Hollywood ni de la Academia de la Artes y las Ciencias Cinematográficas. Remontémonos, por ejemplo, a 1976, cuando Taxi Driver –esa obra maestra a la que la revista Sight & Sound, la biblia de la crítica en Estados Unidos, situó en el puesto quinto de los filmes más importantes de la historia– perdió frente a Rocky el Oscar a Mejor Película. Parece de chiste, pero la cosa iba en serio. Scorsese mismo sucumbió frente al realizador de la cinta que elevó a la gloria a Sylvester Stallone, el bastante mediocre John G. Avildsen, que se llevó el Oscar a la mejor dirección (otra perla: el director extranjero –o internacional como se llama ahora– en competición era nada menos que Ingmar Bergman). Robert de Niro en su magnífico papel de Travis Bickle tampoco se llevó la estatuilla para el mejor actor. La ingratitud, la tontería o la absoluta ceguera se han repetido infinidad de veces, solo hay que recordar Raging Bull o Goodfellas.

Sin embargo, lo del domingo pasado en la ceremonia de la 92 entrega de los premios de la Academia va más allá de la mezquindad proverbial del medio. La misma estrella de la noche, Bong Joon-ho, no pudo con ello y tuvo que reconocer públicamente (nobleza obliga) que una película como Parásitos no hubiera sido posible sin las enseñanzas del maestro Scorsese. Tampoco, a mi parecer, el Guasón de  Joaquin Phoenix hubiera podido existir si antes no hubiera existido el Travis Bickle de De Niro. Por mucho que Hollywood deteste a sus clásicos, la presencia de tipos como Scorsese siempre brotará en algún momento del cine contemporáneo. Aunque en las ceremonias de los Oscar, estas presencias puedan resultar más que molestas. Cada vez que se entregaba un premio que Scorsese hubiera merecido, las cámaras buscaban su rostro, como para cerciorarse si estaba ya lo suficientemente humillado. El maestro mantuvo la dignidad propia de su rango, el de uno de los mayores realizadores vivos de la historia del cine. El Irlandés, la gran ignorada, no es un traspiés en la carrera del director de Toro Salvaje, entre otras joyas. Ni mucho menos. Es, en realidad, su forma de decir que, pese a todo, aún se pueden realizar películas monumentales, que dejen huella. De aquí a algunos años, cintas como esta se estudiarán en las escuelas de cine (si las hay todavía) para comprender cómo se construye una pieza maestra. Y todo lo demás, premios incluidos, no significará mayor cosa.

Dicho lo anterior, hay que reconocer que Bong Joon-ho no tiene nada que ver con la mezquindad propia de la industria cinematográfica. Parásitos, gran ganadora de la noche, es una de las películas más importantes de la última década. Y si, además, Hollywood quiere lavarse la conciencia premiando cintas habladas en idiomas que desconciertan al gran público estadounidense, esto no es culpa del realizador surcoreano. Para regocijo de todos, el cine ha sido, es y será hablado en todas las lenguas y no se necesita saber ruso para comprender ‘El color de la granada’ de Sayat Nova en toda su inquietante belleza. En toda entrega de premios, sin embargo, siempre flotará un leve aire de injusticia. Parásitos es soberbia, pero qué hacemos con la magistral Dolor y gloria de Almodóvar o con la impecable Había una vez en Hollywood de Tarantino, por no mencionar la entrañable Un día lluvioso en Nueva York de Woody Allen, la gran exiliada de la fiesta.