Viernes 21 DE Febrero DE 2020
La Columna

La muerte de George Steiner

Lado B

Fecha de publicación: 04-02-20
Por: Luis Aceituno

En tiempos desnudos de sabiduría, siempre nos quedará la consolación de la belleza. George Steiner murió ayer. Tenía 90 años y era una de las inteligencias más agudas del mundo contemporáneo. Pensó, leyó y escribió toda su vida, por eso su nombre dice muy poco en esta época de sociedad del espectáculo. Digamos, que jamás fue tendencia en Twitter, ni arrancó millones de likes en Facebook. La gente que en realidad piensa, está exiliada del jolgorio de la posmodernidad, condenada a ser un testigo impávido del derrumbe. Frente a un mundo que explota en pedazos, no le quedó otra que seguir conversando, no solo con nosotros, sino con los clásicos, con todos aquellos que habían configurado la esencia de lo humano: Sócrates, Platón, Virgilio, Dante, Shakespeare, Dostoyevski, Beckett… La poesía del pensamiento. Conversar para él, era el mayor ejercicio de la mente y el espíritu. Steiner no dictaba cátedra, abría el diálogo. Nos invitaba a la comunión, no nos expulsaba del paraíso. Y el paraíso era la filosofía, el arte, la literatura, la música, todo lo que nos ha permitido habitar este mundo, a pesar de la atrocidad y la barbarie que él conoció en carne propia. Los horrores, de la guerra y el exterminio.

Errata, Lenguaje y silencio, Nostalgia del absoluto, La muerte de la tragedia… siempre me cautivaron los títulos de los libros de Steiner. Más que estudios sobre la lengua y la literatura, parecían tratados de metafísica. Era el gran defensor de esa prosa poética que atraviesa la gran filosofía. El estilo es la esencia, lo que nos permite conectar con el otro, compartir el conocimiento. Se necesita coraje para defender el estilo en tiempos de jerigonza. Aborrecía el psicoanálisis, pero defendía a Freud como un gran fabulador, como dueño de una prosa exquisita. Lo conocía de primera mano, el doctor Sigmund fue gran amigo de su padre, “paseaban juntos por la orilla del río”. Con los posestructuralistas, guardaba una distancia respetuosa, pero irónica: “Derrida dijo que toda la literatura, hasta la más grande, es un mero pretexto. ¡Al infierno con Derrida! Shakespeare no es un pretexto. Beckett no es un pretexto. No lo es Neruda, no lo es Lorca”. Afirmaciones así, no las decía cualquiera. Estamos hablando del hombre que cuando llegó jovencísimo a la Universidad de Princeton, convivía con Einstein y Robert Oppenheimer.

A pesar de todo era un gran optimista, creía en la democracia, en la humanidad, en que el conocimiento derrotaría al fascismo, en que los jóvenes regresarían a los placeres del pensamiento y la poesía… a la gran emoción universal, esa que proporciona la música y la palabra dicha o escrita independientemente de quién sea uno y de dónde venga.

Me pasé buena parte de la tarde de ayer buscando en YouTube, videos sobre George Steiner. Los que pude encontrar son una delicia, terminás de verlos con la sensación de que la inteligencia es más fuerte y más placentera que la imbecilidad, aunque Facebook quiera demostrarnos lo contrario. Hay una plática imperdible con Antonio Lobo Antunes que un momento gira sobre una de las grandes enseñanzas de Chejov, la compasión como antídoto del odio. Nos deja el hombre que fue capaz de convertir la crítica literaria en un sistema de pensamiento, de ofrecernos una tabla de salvación en medio de la tormenta.