Sábado 19 DE Septiembre DE 2020
La Columna

Ladrillos comunicativos

FOLLARISMOS

Fecha de publicación: 01-02-20
Por: Raúl de la Horra

Cada conocimiento o grupo de conocimientos sobre lo que sea es como un ladrillo que contribuye a la edificación de lo que uno haya decidido edificar, sea una casa, una catedral, un muro o un puente. En el caso que hoy nos ocupa, quiero compartir un par de ladrillos que sirven para mejorar la comunicación humana, es decir, que sirven para construir puentes entre las personas.

En una oportunidad hablé de la importancia que tienen los presupuestos y la actitud con la que nos acercamos a los demás, sobre todo hacia los niños. Si por ejemplo, yo como adulto, hago un drama terrible porque el pequeñín se cayó y se dio un golpe en la cabeza, y paniqueo, grito y lloro, el chiquillo aprenderá a asimilar eso como el comportamiento esperado y adecuado ante cualquier percance, y gritará y llorará como si lo estuvieran degollando cada vez que le duela o le asuste algo. En cambio, si se relativiza la situación y se le distrae con algún juego, si uno sonríe y no le atribuye mayor importancia a lo sucedido, mostrándole simultáneamente cariño y naturalidad, el niño aprenderá a no dramatizar más de lo necesario ante los trancazos que la vida no dejará de propinarle.

Cuando los niños han crecido un poco, es importante ser empático en las situaciones en que han sufrido algún percance como una caída, una quemadura, etcétera. Decirles “eso no es nada”, o “los niños no lloran”, no les ayudará a sentirse mejor, sino que contribuirá a que se sientan solos e incomprendidos. La mejor estrategia en esos casos es validar lo que se supone que están viviendo y decirles, por ejemplo, “yo sé que eso duele mucho, a mí me pasó también una vez, y ¿sabes lo que hizo mi mamá? Mojó su dedo con saliva y me lo pasó por el golpe o por la herida, y entonces me sentí mucho mejor”. O sea, uno entra al mundo o a la vivencia de la persona para enseguida mostrarle una posible solución que, en el caso que estoy evocando, tiene un carácter mágico o de “placebo”, como se le denomina en psicología.

En mi consultorio, algunos pacientes que han vivido situaciones muy duras o han sufrido pérdidas dolorosas, especialmente de personas queridas, me han expresado cuán frustrados e incomprendidos se sienten cada vez que alguien se acerca a ellos con las famosas frasecitas estereotipadas como “lo siento mucho”, “qué pena me da”, “mi sentido pésame”, “entiendo cómo se siente”, porque para el deudo, es absolutamente falso que los demás sepan cómo pueda sentirse uno y, la mera verdad, no existe consuelo inmediato más eficaz que el del acompañamiento silencioso, o la ayuda práctica ofrecida en lo que se refiere a ciertos asuntos inmediatos.

Es un hecho que, ante un gran dolor, las palabras sobran, sobre todo si intentan torpemente querer ser solidarias. Los llamados a la religión, que incluyen la evocación del estado de felicidad del que pueda estar gozando ahora el difunto por estar en brazos de dios, suelen ser contraproducentes porque la corrección política hace que los deudos finjan estar conmovidos por semejantes propósitos, cuando en realidad de lo que tendrían ganas es de darles un puñetazo en la cara a los fariseos y a las plañideras que nunca faltan.

Para concluir, es importante no dejar en el tintero que el llamado rapport en inglés, o “vínculo” en español es esencial en toda cura. Es un elemento cultural-actitudinal que permite que la persona en dificultad se sienta escuchada y apreciada, lo cual garantiza por lo menos en un cincuenta por ciento la eficacia de las prescripciones curativas. De la calidad del rapport depende en gran medida el éxito de toda relación, tanto como padres, amantes, médicos o psicólogos. Solo así podremos construir buenos mapas mentales para orientarnos por los intrincados territorios de los demás.