Sábado 19 DE Septiembre DE 2020
La Columna

De leches y lecherías

SOBREMESA

Fecha de publicación: 27-01-20
Por: María Elena Schlesinger

En los albores del siglo pasado, existieron en Guatemala varias lecherías de fama ubicadas en las afueras de la ciudad, en la dirección de los pueblos de Pinula o en los alrededores del Cerro del Carmen, donde abundaban los potreros y pastizales verdes para el forraje de los animales. Una de estas lecherías fue la de los Whitbeck, hoy urbanización San Rafael, en Carretera a El Salvador, la cual mantuvo el nombre de la antañona hacienda lechera.

Estaba también la lechería de la finca Elgin, propiedad de las señoritas Klee, en tiempos en que la zona trece y catorce eran parajes verdes en donde pastaban semovientes y caballos. 

De fama también en la ciudad, fueron los productos lácteos que venían desde la Antigua, de la finca Carmona, y si de mantequilla pura se trataba, la mejor de toda la ciudad fue por años la mantequilla San Luis, de venta en la Décima Calle y Tercera Avenida de la zona 1, en donde colgaba de la pared, una vaquita negra de manchas blancas. 

Aquella era mantequilla fresca, muy amarilla, recién batida con leche de las vacas escuintlecas de la finca del mismo nombre, la cual se vendía en bloques cuadrados de media libra, envueltos en papel blanco con el nombre San Luis en letronas grandes y azules. 

Tempranito en la mañana, bajaban de las fincas lecheras, las carretelas tiradas por caballos a repartir de casa en casa la leche fresca, recién ordeñada a la clientela bebedora de leche. El mozo de sombrero que guiaba la carretela se aparcaba enfrente de la casa de habitación, en donde por lo general habían niños, principales consumidores del líquido perlático, en tiempos en que las fórmulas en polvo o la leche evaporada en lata aún no estaba disponible en el mercado.

El mozo se quitaba el sombrero de paja, se secaba el sudor con un pañuelo más bien mugroso que llevaba en el bolsillo del pantalón raído o bien con la mano. Abría el compartimento trasero del carromato y aparecían a la vista unos grandes tambos de latón , algunos con tapadera, otros con mantas para evitar las moscas.

Un ton toron ton ton, del tocador de manita de la puerta de calle anunciaba muy temprano en la mañana, antes de las seis, la llegada del lechero. De la casa salía una señora con delantal de cuadritos azul y blanco, largo, casi hasta el tobillo, con una olla grande y profunda, quien pedía tantos vasos de leche fresca como quisiera aquella mañana. Leche que iba directo al fogón del poyo, a fuego vivo, a pasar los siete hervores de ley para limpiarla de bichos e impurezas, excremento de rumiante o la temida tuberculosis, para el biberón del pequeño, el café mañanero, o para postre del día, dulce de leche servido en plato hondo de peltre, para comerse por cucharadas, extremadamente dulce, el cual de tan chicloso se quedaba pegado en el el galío. 

La leche ya hervida formaba una nata espesa y cremosa en la superficie, terror de los niños malcriados, quien cada mañana al tomarse el líquido tibio apestoso a vaca, sentían de repente que una telaraña pegajosa se les quedaba pegada en el cielo de la boca, de allí los llantos y los sollozos de “no quiero tomarme la leche”, en tiempos en que tomar leche era realmente un privilegio de pocos.

mariaelenaschlesinger@gmail.com