Viernes 21 DE Febrero DE 2020
La Columna

Atanasio, es decir Humberto

Lado B

Fecha de publicación: 21-01-20
Por: Luis Aceituno

El próximo 28 de enero se cumplirá un año de la muerte de Humberto Ak’abal en los pasillos de la emergencia del Hospital San Juan de Dios. Su muerte nos pareció absurda y demasiado triste. Injusta, casi. Tenía 67 años, era uno de los escritores nacionales más importantes de las tres últimas décadas  y un hombre demasiado aferrado a la vida. Entre la oscuridad y la luz que habían marcado su existencia, escogió la luz y la hizo resplandecer por todos lados. Entre el tizne, la sangre y el dolor, descubrió una Guatemala luminosa, una fuerza salvadora que provenía del origen mismo de los tiempos y que él trató de transmitir mediante la palabra.

Me pasé buena parte de la tarde de ayer platicando sobre Humberto con Catherine Vigor y Moisés Barrios. Nos habíamos citado para una entrevista, pero al final esta se convirtió en una charla en donde fuimos desgranando una memoria sentimental que nos remitió a aquella Guatemala rara, muy rara, de principios de la década de los noventa, en donde el porvenir no estaba escrito y algunos de nosotros apostábamos porque la literatura y el arte, la imaginación en suma, jugaran un rol definitivo en ese salto hacia el futuro que tanto esperábamos.

Catherine, que es francesa, visitó varias veces Guatemala durante los años setenta, y de sus andanzas por el país surgieron dos libros, su tesis doctoral ‘Paysans du Guatemala: Quelle éducation?’, publicado en 1980, y ‘Guatemala: Des enfants dessinent’ (1982), en donde a partir de los dibujos una serie de niños indígenas cuentan su vida cotidiana. En 1993 publicó en francés un libro testimonial sin saber que con los años este tomaría un giro y un interés más allá de la sociología: la historia de vida de Atanasio, indio y obrero erudito guatemalteco. Este fue el primero de una serie de testimonios que la autora ha recogido en distintas partes del mundo. Atanasio era en realidad Humberto Ak’abal, a quien Vigor había conocido por intermedio de Luis Alfredo Arango, y que quiso esconder su nombre por el incierto clima político que se vivía en la época. Es la historia de un joven de Totonicapán que emigró a la ciudad, durante los años del conflicto armado, a la búsqueda de un trabajo. Es un obrero como tantos muchachos indígenas de su edad, con la única diferencia de que a este le gusta la poesía, es un lector obsesivo y habla con absoluta propiedad de los clásicos.

Catherine y yo conocimos a Humberto más o menos en la misma época, cuando acababa de publicar ‘El animalero’ y no había comenzado aún su peregrinar poético por medio mundo. Así que recordar a aquel muchacho más bien tímido que trabajaba en una fábrica de ropa y con el que te podías pasar horas hablando de poesía china o japonesa tuvo mucho de celebración de su palabra. En los próximos días la editorial de la librería Sophos publicará, con traducción de Philippe Hunziker, por primera vez en español este testimonio de la vida de Atanasio, ahora ya identificado con nombre propio. Es Humberto en sus palabras, las memorias del poeta en joven cachorro.