Sábado 19 DE Septiembre DE 2020
La Columna

El Día de la Marmota

Follarismos.

Fecha de publicación: 18-01-20
Por: Raúl de la Horra

El Día de la Marmota (Groundhog Day) es una película norteamericana del año 1993 dirigida por Harold Ramis y protagonizada por Bill Murray y Andie MacDowell, que progresivamente adquirió prestigio entre el público por su planteamiento filosófico-fantástico alrededor de una trama consistente en que en un mismo día (“El día de la marmota”, festejado en Pennsylvania, Estados Unidos, cada 2 de febrero para determinar cuánto tiempo queda para que acabe el invierno) se repiten incansablemente los mismos hechos de manera casi idéntica, hasta que el protagonista, un meteorólogo pedante y narcisista, empieza a cuestionar su comportamiento y su visión de la realidad, y logra así romper el hechizo en el que tanto él como todo el mundo –incluyendo los espectadores– se habían quedado trabados. En ciertos países de habla hispana, la película en cuestión fue bautizada como Atrapado en el tiempo, que es un bello y descriptivo título.

Pensé en esta peli esta semana, cuando se realizó el traspaso del poder ejecutivo y legislativo en nuestro país y que, salvo detalles insignificantes, como por ejemplo la cara y los nombres de los presidentes, y el retraso notable con el que empezó la ceremonia, el guión fue idéntico al de años y décadas anteriores, con ese acartonamiento patético que nos caracteriza, las desafinadas trompetas y tambores de la banda marcial, el pesadísimo himno interminable (cantado por una niña en kakchiquel, en detrimento de las otras lenguas indígenas), las caras de circunstancia, el discurso ditirámbico del nuevo mandatario, esta vez cargado de más enjundia y prosopopeya que en otros años, pero igualmente vacío, es decir, atiborrado de promesas, evocaciones y llamados a esto y lo otro en el nombre de Dios y de la Patria, bajo la mirada de un público bostezante con trajes de opereta, todo ello idéntico a otras ceremonias repetidas cada cuatro años que, no sé por qué, recuerdan los actos que cada fin de año se realizan en las escuelitas y colegios del país para declamar poemas y repartir medallas en medio de vistosos coloridos de papel de china y gestos sobreactuados y solemnes.

Da la impresión que el tiempo pasa volando sin misericordia y que apenas estábamos quitándonos ayer la goma de las hartadas, chupaderas y compras de las navidades anteriores, cuando de pronto llegaron las fiestas-aplanadora del mes pasado, y ahora resulta que estamos ya empezando nuestro recorrido vertiginoso hacia la navidad del año presente, para dentro de doce meses exclamarnos de nuevo que cómo pasa el tiempo, verdad, y preguntarnos qué putas sucede, puesto que al final estos años son prácticamente iguales a los anteriores, y descubrir que es como si estuviéramos congelados en el tiempo, atrapados en la repetición de lo mismo, de las mismas prisas, de las mismos sueños, de las mismas miserias, como en la película de la marmota, y que esto no tiene visos de transformación porque se ha vuelto una historia de locos, los “debates” en la televisión son siempre los mismos, los artículos en la prensa también, igualmente las necesidades y los dramas, los hijueputas que nos chupan la sangre son jodidamente los mismos que repiten las mismas promesas y encantaciones sobre los mismos problemas ante nuestra impotencia que es la misma como nuestro cansancio, nuestros miedos y nuestra cobardía, avejentándose cada día sin que esto cambie, sin que nadie lo arregle, sin que se rompa el hechizo maldito de una película de la cual nosotros todos somos escritores, directores, protagonistas y espectadores, cómicamente deslumbrados e idiotizados.