Lunes 28 DE Septiembre DE 2020
La Columna

La enfermedad como negocio

Follarismos.

Fecha de publicación: 14-12-19
Por: Raúl de la Horra

En el mundo capitalista neoliberal vivimos drogados con ese pertinaz opio ideológico consistente en creer que todo lo privado es necesariamente mejor que lo público o estatal, lo cual no siempre es cierto. En la mayoría de países europeos, las instituciones públicas neurálgicas como la educación, los transportes y la salud, tienen más recursos y funcionan mejor que las privadas, y ello responde a una visión producto de luchas históricas de los movimientos sociales y a políticas inteligentes poco conocidas de este lado del Atlántico. En especial, en el ámbito tan sensible como el de la salud, la tendencia cada vez más grande practicada en América de considerar al ser humano no como una persona sino como un cliente o consumidor, y a la enfermedad como un negocio, hace que las relaciones de las empresas farmacéuticas y del estamento médico con los usuarios sean cada vez más turbias y perversas.

Tengo un amigo médico que después de haber trabajado en diversos centros médicos guatemaltecos durante años, y antes de marcharse del país, me confesó que si él publicara lo que había visto y escuchado decir entre muchos colegas residentes y sobre todo entre algunos jefes de clínicas privadas acerca de operaciones y tratamientos sobre pacientes, seguramente lo mandarían a matar sin mayor consideración (aunque esto sucedería por igual si alguien hablara de lo que ha visto y escuchado dentro del ejército durante la época de la guerra sucia, o de lo que ha visto en Guatecompras, o del funcionamiento de otras instituciones y gremios de Guatemala). Lo cierto es que hay un grado de corrupción y deshumanización crecientes en el campo de la medicina, consecuencia de la hegemonía de las relaciones capitalistas y de la pérdida de los valores hipocráticos, así como de la pésima formación actual de los médicos en cuestiones de ética y de psicología.

En cierta ocasión tuve que hacerme un tratamiento quimioterapéutico en el Hospital General (que es una magnífica institución, pero que desafortunadamente no escapa a las deformaciones y carencias de las otras dependencias estatales, con excepción de la institución militar), y cuando me senté frente al escritorio de la doctora que dirigía dicha sección, ella leyó mi expediente sin saludar, dio instrucciones a sus ayudantes sobre el tratamiento y apuntó ciertos datos en la computadora sin mirarme ni una sola vez a la cara- Me sentí como un pedazo de basura. Al día siguiente, para mi segunda sesión de veneno purificador, le dije que cuando se refiriera a mí, me viera por favor a los ojos porque yo no era solo un mero número o un expediente, sino una persona, y que su manera de tratar a los pacientes era ofensiva y carente de tacto profesional. Murmuró algo con torpeza, sus ayudantes palidecieron, los pacientes que había en la sala se quedaron boquiabiertos y la doctora en cuestión no volvió a aparecerse los días siguientes.

Viene esto a cuento porque el otro día un conocido y prestigioso médico guatemalteco con un buen par de huevos escribió un artículo y fue después entrevistado en un programa de televisión para hablar de las políticas de corrupción que practican los grandes laboratorios de medicamentos del mundo que, por razones diversas y procedimientos amañados, distribuyen en nuestro país medicinas a precios que son los más altos de América Latina. Además, esos mismos laboratorios convierten en distribuidores exclusivos y en propagandistas de sus marcas -gracias a sobornos y a otras prebendas-, a todos los médicos posibles para que estos colaboren en la difusión exclusiva de dichos productos, independientemente de su eficacia para la salud.

Además de esto, nos topamos en el sistema de salud con la maquinaria puesta en movimiento por clínicas y hospitales privados para estrujarle al paciente el máximo de sus economías, lo que constituye una cadena no necesariamente imprescindible de exámenes de laboratorio, de consultas y de medicinas detrás de los cuales los contornos del paciente y su historia como persona van borrándose gracias a la intrusión de técnicas mercadológicas e intervenciones clínicas que, bajo el pretexto de una optimización de resultados, diluyen al individuo y lo convierten en un zombi obligado a colgar en una cercha su identidad y subjetividad al entrar en la clínica, donde de ahora en adelante será considerado como una apetecible fuente de recursos. En suma, estamos ante la lógica que hace de la enfermedad un excelente negocio, en un país donde multitud de personas consideran que este sistema es la mejor opción porque estamos bajo la influencia de las drogas, y hasta el país entero se ha vuelto una droga.