Viernes 25 DE Septiembre DE 2020
La Columna

La quema del diablo

SOBREMESA

Fecha de publicación: 09-12-19
Por: María Elena Schlesinger

El sábado recién pasado, 7 de diciembre, a las seis en punto de la tarde, nos reunimos en familia a la tradicional quema del diablo, festividad de honda raigambre católica, heredada de manera directa de nuestros padres y abuelos, con la que abrimos de manera festiva la época más esperada del año, la Navidad.

Más de sesenta años de tradición de quemar al cachudo, anteriormente en forma de una gran piara realizada de chiriviscos y basura; cuadernos y libros viejos del año escolar recién acabado y hasta chunches inservibles, los que tardaban horas en hacerse cenizas ante nuestros ojos infantiles.

El estudioso, Miguel Álvarez Arévalo, historiador y cronista de la ciudad, afirma que la costumbre de la quema del diablo el 7 de diciembre tuvo sus orígenes durante la época de la Colonia, en el siglo XVIII, durante las celebraciones religiosas dedicadas a la Virgen de Concepción, cuando los parroquianos encendían fogatas, antorchas, faroles o luminarias en las calles oscurísimas del antiguo Santiago para iluminar el paso del rezado de la procesión de la Virgen, el cual se realizaba durante las vísperas del 8 de diciembre, día dispuesto por la Iglesia católica para celebrar la concepción sin mancha de pecado original de Virgen María. 

Con el tiempo, la costumbre de encender las fogatas la noche del 7 de diciembre se generalizó en toda Guatemala, especialmente en las ciudades y pueblos de dominio franciscano, orden religiosa que se encargó de difundir entre sus feligreses esta creencia, sino de manera muy especial, la natividad del Niño Jesús por medio de la elaboración de los belenes y las posadas, costumbre que rápidamente pasó del templo al ámbito doméstico.

Para los creyentes católicos, la tradición de quemar al diablo se convirtió en un símbolo de la victoria luminosa de la Virgen María sobre el maligno; una metáfora contundente e ilustrativa de cómo un buen católico debe limpiar su alma del pecado enviando al cachudo al mismísimo lugar de pertenencia, a las llamas del infierno, para recibir, con el alma limpia y como Dios manda, a la Inmaculada Virgen María y el 24 de diciembre al Niñito Jesús. 

Ya hace muchísimos años que no quemamos piaras de basuras o papel el día de la quema del diablo. Hace ya muchos años que la remplazamos por un diablito rojo de piñata lleno de cohetes y morteros, con la que celebramos cada año y en familia, nuestras tradiciones y devociones, entre llamaradas, cohetes, estrellitas, chuchitos, ponche y buñuelos. Bienvenida la época de la Navidad.