Miércoles 12 DE Agosto DE 2020
La Columna

Quememos al diablo

Follarismos.

Fecha de publicación: 07-12-19
Por: Raúl de la Horra

El otro día fui con un gran amigo, psiquiatra y melómano inveterado, invitados por un grupo de psiquiatras, psicólogos y personal de salud, a ver y comentar la película Joker, traducida en español como El Guasón. Yo ya la había visto dos veces antes, porque la actuación del personaje principal me impactó sobremanera y me pareció una especie de proyección de la figura demoníaca contemporánea, eso que normalmente podría también denominarse “El loco”, y que tanto miedo causa por su rol disruptivo, por su capacidad de producirnos miedo lanzándonos al rostro la caricatura de nuestra propia locura ignorada.

Y es que El Guasón y la figura tradicional del Demonio tienen algo en común: ambos son ángeles caídos, ambos intentaron congraciarse con las fuerzas omnipotententes y omnipresentes creadoras del paraíso, pero no pudieron mantener su promesa de obediencia eterna, cometieron el mismo pecado que luego cometerían los hombres representados por Adán y Eva, desobedeciendo al mandato de creer con fe ciega en la voluntad del orden supremo que, por definición autorreferencial, es y debe ser, y no puede ser sino un orden bueno y amoroso, aunque también, agarrémonos de nuestros asientos, celoso, vengativo e inmisericorde.

Lo curioso de la discusión que siguió a la proyección de la película es que la mayoría de comentarios de los eminentes expertos en el comportamiento que expusieron sus puntos de vista, concentraron su atención en las disfuncionalidades psiquiátricas del protagonista, es decir, subrayaron las posibles dinámicas internas que lo llevaron a esa especie de locura que, directa o indirectamente, nos reenvía a la noción cristiana del ángel caído mal portado que se ha alejado del bien y del orden institucional.

Lo que no se dijo nunca en la importante discusión que siguió, es que la “patología”, tanto del Guasón como del Diablo (a quien precisamente el día de hoy, 7 de diciembre, quemaremos en nuestro país como un acto de exorcismo colectivo), son, justamente, la consecuencia de ese otro orden social terrible que se nos vende o que se nos impone tanto a través de la publicidad como a través de una lectura sui-géneris de las Sagradas Escrituras, lectura hecha por las iglesias, que son empresas de la fe, como como un orden perfecto ante el cual solo nos queda arrodillarnos y sonreír con alegría y lágrimas de esperanza en los ojos.

El Guasón lo afirma varias veces: él quiso ser bueno, quiso ser positivo, quiso creer lo que le predicaba la sociedad del espectáculo, la televisión, su madre, los compañeros de trabajo, de modo que se esforzó todo lo que pudo para llegar ser una persona “normal” y digna de ser amada y aceptada y comprendida en un mundo autodenominado “normal” o “super-normal”, es decir, quiso creerles y añoró ser acogido con ternura por los poderes maternos, paternos, políticos, sociales y económicos. Lo intentó, pero ¡oh fiasco!, todo resultó mentira e ilusión, ingenua esperanza, y fue entonces cuando las sala de proyección y las calles empezaron a apestar a azufre.

A mis queridos colegas se les olvidó, o al menos esa es la impresión me dejaron muchas de sus intervenciones, que El Guasón no puede ser comprendido sin esa otra dimensión protagónica que fungía y funge como contraparte esencial del anti-héroe, y que es la misma sociedad en la que el chico débil y no deseado ha venido al mundo. Sociedad en la que el tejido social está roto porque el egoísmo y la no-solidaridad son la ley, el “sálvese quien pueda” es el principio ético, la ambición personal y la mentira, la productividad económica, la demagogia, la hipocresía, la estupidización de las masas, todo ello constituía y constituye la matriz de donde surge la totalidad de los guasones del mundo y la totalidad de los demonios y de los locos. Sin embargo, como reconocerlo nos produce tal angustia, lo más simple es señalar al “otro” como chivo expiatorio y entonces se le encierra en el manicomio o se le mete en prisión o se le quema en la calle, como haremos hoy, esta misma noche, inocentes y contentos, llenos de fe y de positivismo.