Jueves 5 DE Diciembre DE 2019
La Columna

Otro ladrillo más en la pared

Lado B.

Fecha de publicación: 03-12-19
Por: Luis Aceituno

Si Dark Side of the Moon invitaba a hundirse en la depresión pura y dura, The Wall nos abría la puerta hacia la esquizofrenia. Dos discos demasiado complejos para los parámetros de la música pop, que vistos (y oídos) desde la distancia que confieren los años, bien pueden calificarse como obras maestras. Es decir, ambos han permanecido en el tiempo sin perder un ápice de su fuerza y continúan interrogándonos como en la primera escucha; y, a la vez, ofreciéndonos esas dosis de placer necesarias para los sentidos. De vez en cuando reaparecen y tenemos que reconocer que la magia sigue intacta. Paradójicamente, pese a la densidad de su propuesta, son los discos más escuchados, aplaudidos, difundidos y reconocidos de Pink Floyd, una banda que les debe buena parte de su leyenda. Dicho de otra manera, los más comerciales, para usar una clasificación típica de la época en que fueron concebidos, los que asaltaron las listas de éxitos, los que aparecían hasta en las colecciones más conservadoras y convencionales.

Personalmente, el Dark Side of the Moon’(1973) inauguró mi adolescencia y The Wall (1979) la clausuró sin remedio. Ambos, de cierta manera, le dieron contenido a mi enojo y a mi desasosiego, me regalaron oxígeno, me acompañaron en la ruta, fueron la banda de sonido de una época que tuvo lo mismo de intensa que de miserable. Me ayudaron a sobrevivir a la dictadura militar, que no es poca cosa.

Pero si ‘Dark Side of the Moon’ llegó justo en el momento preciso para abrirnos el espíritu y los oídos hacia paisajes sonoros inusitados, ‘The Wall’ –que el sábado pasado cumplió 40 años– fue un disco fuera de lugar o, digamos, extemporáneo, que apareció ya cuando algunos de nosotros nos preguntábamos si era imperativo seguir escuchando a Pink Floyd, luego de que los Sex Pistols los habían enviado a freír espárragos. Al carajo esos grupos de rock totalitario y mastodóntico, canonizados por los críticos, que habían perdido todo contacto con la realidad y vivían su alienación protegidos entre murallas.

Curiosamente, el hartazgo propio del movimiento punk, era el mismo que cultivaba en su interior Roger Waters, el líder del ‘fluido rosa’: el rock era un asco o en eso se había convertido. Algo olía mal en Dinamarca (en Londres, en Nueva York, en el mundo entero), parafraseando a Shakespeare. El mismo Waters reconoció en una entrevista que fue él, y no Johnny Rotten (Juanito el podrido), el primero en escupir sobre su público. De esa repulsión hacia sí mismo y hacia lo que él representaba nació The Wall, pero se le fue de las manos hasta convertirse con los años en una proclama política, en un anuncio no de la caída del muro de Berlín y el fin de la guerra fría, sino del derrumbe del mundo entero, a causa de la especulación y el dinero, de la anulación de los seres humanos, de la corrupción y la guerra.

“No necesitamos educación convertida en control mental…No queremos ser un ladrillo más en la pared”, creo que todos hemos repetido en alguna ocasión el estribillo. Un manifiesto para una generación que creció entre el exterminio y la guerra, entre la resaca de todas las utopías. Los muros no se cayeron, se siguen construyendo por todos lados.

laceituno@elperiodico.com.gt