Jueves 5 DE Diciembre DE 2019
La Columna

Infidelidades bibliográficas

Fecha de publicación: 30-11-19
Por: Raúl de la Horra

Hay un terreno en el que la infidelidad es casi obligatoria, al punto en que, si uno no es infiel, existe el peligro de quedarnos atascados, de no crecer y de convertirnos literalmente en idiotas. Hablo, por supuesto, del mundo de los libros –ya sé que en Guatemala se lee poco y mal, pero no por eso dicha regla deja de tener vigencia– los cuales constituyen el bosque más sofisticado de las sensualidades imaginadas e imaginables, la fuente más deliciosa de todos los conocimientos, el océano inacabable de aventuras increíbles y el asombroso espacio de encuentros que marcan nuestra vida ‘for ever’.

Aprendí a sobrevivir a la superficialidad, al aburrimiento y al sinsentido gracias a los libros, sobre todo gracias a las novelas cuyos autores fueron convirtiéndose en amigos entrañables que me regalaban historias de aguda inteligencia acordes a las necesidades del momento, impidiéndome naufragar. Fue así como conocí a Henry Miller, Kafka, Stefan Zweig, Philip Roth, Anaïs Nin, Woody Allen, Joseph Heller, Salinger, Nabokov, Gombrowicz, Julian Barnes, Somerset Maugham, James Thurber, John Fowles, entre otros muchos (buena parte de ellos, anglosajones y europeos de origen judío, pero también latinoamericanos), quienes me arrancaron estentóreas carcajadas en la soledad de mi habitación a mitad de la noche, cuando la lluvia y el frío impedían cualquier veleidad callejera. Al descansar mi cabeza sobre la almohada, miraba satisfecho las estanterías llenas de volúmenes y me sentía millonario, dueño de una riqueza única y extraña, protegido por aquellos amigos que me invitaban a entrar en su universo y a vivir experiencias de gran complicidad sin pedirme nada a cambio.

Por otra parte, confieso que en ninguno de los países donde viví pude acostumbrarme a frecuentar las bibliotecas públicas. Mi problema con las bibliotecas era que estaban casi siempre llenas de mujeres guapísimas, y esa circunstancia me impedía concentrarme en lo mío. Apenas posaba los ojos en un texto, surgía al frente o a un costado una despampanante rubia o morena de pelo largo o corto con esa mezcla de seguridad, pudor y atrevimiento típico de las chicas que saben que la belleza auténtica está en la mente, pero que, para terminarla de joder, además son naturalmente graciosas y atractivas, y van soltando por el mundo ese aroma a lozanía y a flores que son como un mazazo para los soñadores inveterados. No era que yo pretendiera acercarme a esos ángeles inquietantes, y menos aún, conquistarlas, eso carecía por completo de sentido. Eran tantas y tan hermosas, que para no morir de frustración, optaba –cuando podía– por comprar en las librerías los libros que necesitaba y me marchaba a casa, donde mi concentración no tenía que luchar con inútiles distracciones. Lo que hizo que casi sin darme cuenta, fui acumulando una cantidad abrumadora de libros cuyo número sobrepasa ampliamente los parámetros de la sensatez, así como mis capacidades de lectura.

Mi consuelo, ahora, es que casi cualquier tema o libro que necesito, lo tengo. Es como si mi biblioteca fuera un inmenso harem o burdel oriental, de esos que aparecen en los cuentos de las mil y una noches, donde al entrar puedo realizar los acercamientos que quiera y con quien quiera, sin que eso sea problema, salvo por el hecho de que jamás tendré vida suficiente para gozarlos todos y en profundidad, asunto que no deja de producirme algo de congoja, aunque también una excitación inenarrable. En particular, tanto en el ámbito de la literatura como en el de las ciencias sociales, cada excursión que hago por mi biblioteca me depara sorpresas increíbles, pues siempre descubro algún libro o autor, o algún capítulo en el que no había reparado antes, que hace que me quede con cara de baboso leyéndolo, prendido a la materialidad del papel, para de pronto sentir que me pierdo en sus afluentes y que empiezo  a navegar sepa dios por dónde olvidado de todo, con el delicioso presentimiento de que soy un privilegiado y de que luego volveré a la realidad con la mirada renovada, y con una íntima sonrisa de complicidad y de agradecimiento, así como con la íntima convicción de que de todas las infidelidades posibles, esta es de las más necesarias, inofensivas y gratificantes.