Jueves 5 DE Diciembre DE 2019
La Columna

De balazos, policías y fantasmas

Lado B.

Fecha de publicación: 26-11-19
Por: Luis Aceituno

“Por allá por la frontera de la América del Norte/ se agarraron a balazos policías y ladrones…”, dice una vieja canción que de cierta manera nos marcó la infancia. Es decir, nos pasamos los recreos jugando a buenos y malos durante toda la escuela primaria. Curioso, pero ya en aquella época, las fuerzas de seguridad habían perdido bastante prestigio. Mientras los que querían ser policías eran cuatro o cinco, la pandilla de los facinerosos podía reunir como a 20. Así era imposible imponer orden, que el bien triunfara sobre el mal, que los habitantes de los pueblos que inventábamos pudieran dormir tranquilos. De todas maneras, en el colegio la verdadera autoridad era la seño Esperanza, así que tanto buenos como malos terminábamos castigados después de las clases por andar armando relajo y jugando a las pistolas.

La semana pasada, por allá por la colonia El Amparo, en la zona 7 de esta ciudad, policías y policías se agarraron a balazos en plena vía pública. Se armó tal relajo que pandilleros que andaban por el lugar aprovecharon para quemar dos o tres radiopatrullas ¿Quién era al final el encargado de imponer el orden? A saber. Crisis de autoridad, supongo que se llama.

Las balaceras entre los mismos miembros de las fuerzas de seguridad no son nada nuevo en Guatemala. A principios de los años ochenta estuve en medio de una que estuvo a punto de costarme la vida. A mí y a otros amigos, entre ellos mi recordado Tasso Hadjidodou, que vivió los acontecimientos con ese estoicismo de caballero belga que lo caracterizó siempre. Habíamos ido a escuchar al Fantasma Sandoval, que era un mito del jazz nacional. Fue la única vez que lo escuché tocar en vivo y estuvo en verdad sublime. El supremo saxofonista pasaba por una buena racha y se presentaba en un lugar cerca de la calle Montúfar, no recuerdo el nombre, frente a un restaurante Nice. Tocó standars que parecía estar inventando en ese mismo momento. Te invitaba a seguirlo a no sé cuál dimensión. Te parecía imposible que afuera del recinto existiera una ciudad amenazante y en estado de guerra.

Cuando el embrujo terminó, decidimos cruzar la calle y terminar la velada en el restaurante de enfrente. En el momento de llegar al arriate que dividía las dos vías, escuchamos el frenazo de un jeep de la policía judicial, del que bajaron tipos armados que creí que venían por nosotros o algo así. Pero no, de pronto apareció una camioneta del Comando 6, que los perseguía y ahí se armaron los balazos como en aquella mentada frontera de la América del Norte. Me refugié detrás de un árbol providencial, cerré los ojos y pensé que ahí se acababa todo, que había sido un privilegio, un regalo de los dioses, haber escuchado al Fantasma tocar Aida, una de sus más bellas composiciones, antes de morir. Luego llegó el silencio. Abrí los ojos y la calle estaba desierta. No había sangre ni cadáveres en el pavimento. Vi a mis amigos como despertando de una pesadilla. Tasso se acomodó el saco y caminó con parsimonia hacia la entrada de restaurante. Yo me quedé alucinado viendo al Fantasma y a su banda subir a un auto antiquísimo y perderse en la noche.