Jueves 5 DE Diciembre DE 2019
La Columna

Soluciones lógicas y paradójicas

Fecha de publicación: 23-11-19
Por: Raúl de la Horra

En la vida hay múltiples situaciones en las que uno se enfrenta a diversos dilemas lógicos que aparentemente no tienen solución, independientemente de la decisión que se tome para resolverlos, porque uno está como atrapado en algo que se denomina en psicología el “doble vínculo opresivo”, es decir, que cualquier cosa que hagas estará mal. Y esto, llevado al extremo, puede conducirte a la locura, es decir, a la imposibilidad de resolver una situación lógica, de modo que la única alternativa para “resolver” el dilema es que se te fundan los fusibles y termines hablando solo por las calles.

Es lo que me sucedió cuando vivía en la Alemania del Este (RDA), donde trabajaba como profesor invitado en la Universidad de Leipzig en el departamento de traductores e intérpretes. Allí había una concentración asombrosa de mujeres jóvenes bellas e inteligentes, e hice excelentes migas. También los chicos eran simpáticos y guapos (algunos), pero las mujeres los sobrepasaban. Yo era joven y soltero, y en las noches no hacía más que encaramarme por las paredes de mi habitación en la Gerberstrasse, a un costado de la estación del ferrocarril, porque la soledad era una gelatina que se cortaba con cuchillo y sabía a plomo, sobre todo en el primer invierno.

Sin embargo, al inicio de las clases de conversación del segundo semestre, se plantó allí, no sé de dónde ni cómo, la chica más bella y sexi que yo jamás hubiera imaginado. Kerstin se llamaba, y además de tener una cabellera rubia y larga, y una sonrisa que hacía olvidar el invierno, era brillante. Y para colmo, me sonreía. La tierra estaba abriéndose en dos y por lo visto a ella también le sucedía porque exclamó ¡qué calor!, ¿verdad? cuando en realidad hacía un frío de mil demonios, pero así son estas cosas del amor, se rompe la lógica y todo queda patas arriba.

Y sucedió lo inevitable: empezamos a enamoramos. Bueno, yo me enamoré como un estornino (pájaro migrante). Y cuando todo parecía marchar sobre ruedas, un día me convoca el Director del departamento de Recursos Humanos en persona, acompañado de un agente de la Stasi, la temida policía secreta, y me lanza: ¿Usted sabe quién es el papá de esa chica? Ni idea, le digo, nunca me interesó. Pues resulta que usted no puede salir con ella porque el papá es un militar de alto rango y tanto él como su familia no pueden tener relaciones con extranjeros. Me quedé de una pieza. El tipo de la Stasi prosiguió: así que, mi estimado, si desea que le renovemos su visa de trabajo el año que viene, tiene que olvidarse por completo de ella, ¿entiende? Usted puede salir con quien quiera, menos con Kerstin, ¿ist das klar? Tiene una semana para pensarlo y comunicarnos su decisión.

Me cagué. Literalmente me cagué del miedo y de la impotencia. ¿Cómo salir de semejante dilema? La situación era para enloquecer, pues si decía que renunciaba a ella, me podía quedar, pero la perdía, cosa inaceptable. Y si decía que seguía con ella, me echaban del país. Yo estaba en un impasse terrible, así que las noches siguientes fueron las peores de mi vida. Me sentía atrapado y mi cabeza estaba próxima a reventar.

La noche antes de llevar mi respuesta al Departamento de Recursos Humanos, le confesé todo a la única persona cercana que tenía, un chileno vecino mío, exmilitante del Mir que conocía bien el funcionamiento de la Alemania del Este. Desesperado, le conté mi situación. Me miró compasivamente. La solución es fácil, dijo. ¿Cómo, fácil, estás loco? Tú estás atrapado en un dilema lógico, me dijo, y la solución, querido amigo, no es lógica, sino para-lógica, o más bien paradójica, está más allá de la lógica. Y subrayó: la solución es pragmática. ¿Cómo así? Mira, tienes que hacer lo que todo el mundo hace aquí. ¡Carajo, y qué es lo que hace todo el mundo? ¿Pues mentir! Tú, miente, diles que por supuesto rompes la relación, y ellos llenarán su expediente burocrático y quedarán contentos, pero debajo de agua y con cuidado, ustedes sigan amándose lo que quieran. Ve pues, qué pilas, pensé. Respiré hondo, muy hondo, y fue así como logré quedarme cinco años más en aquel país, y hasta terminé casándome con mi amorcito lindo. ¡Solución paradójica, no lógica, era la clave!