Miércoles 18 DE Septiembre DE 2019
La Columna

El “beat” de la melancolía

Lado b

Fecha de publicación: 10-09-19
Por: Luis Aceituno

Camilo Sesto tuvo un lugar central en la banda sonora sentimental de los años setenta en Guatemala. Regresar a su cancionero es regresar a una ciudad triste, anegada por la lluvia y sofocada por la dictadura militar, en donde los encuentros y desencuentros ocurrían en cafeterías de escaso encanto y en las camionetas urbanas. Camilo fue el apólogo de los amores contrariados, de las caricias y los besos apurados a la salida de los colegios y las oficinas. El cantante que le dio cuerpo a las intensidades y los deseos reprimidos de una sociedad que se debatía entre el autoritarismo, la mojigatería y los atisbos de modernidad que se filtraban por el cine, la televisión o los radios de transistores. También fue el animador predilecto de rockolas de cantinas donde se lloraban las pérdidas, los desprecios o las frustraciones amorosas. Si Sandro elevó la cursilería a la categoría de drama existencial, Camilo convirtió la melancolía en una experiencia pop, en un sentimiento fundamental para estar de lleno en el mundo contemporáneo. Le puso beat a la tristeza, por así decirlo.

Antes de ser Camilo Sesto, Camilo fue Camilo Blanes –su nombre de pila– y se convirtió en un artista de culto del rock de garaje. Revistas under como la peruana Sótano Beat, dedicada a rescatar antecesores del wild teen punk en Hispanoamérica, le rindieron una insólita pleitesía en los años noventa y se dedicaron a celebrar su lado glam, es decir el glamur casi provocativo (a lo Bowie) que se desprendía de sus atuendos, sus peinados y su maquillaje. Los inicios de Camilo son al lado de Los Daytons y más tarde de Los Botines, que lograron colocar hits como Te voy a explicar o Eres un vago, en franca competencia con Los Bravos y Los Brincos, los dos grupos faro del beat español sesentero –Tarantino incluyó Bring a Little Lovin de Los Bravos en el soundtrack de Había un vez en Hollywood–. Protagonizó además junto a Karina Los chicos del preu, cinta de referencia del pop hispano. Luego vino, ya en los años setenta, Algo de mí, el álbum producido por Juan Pardo (de Los Brincos) que lo convirtió en la sensación de la balada romántica, que le abrió las puertas de Latinoamérica y que lo situó al lado de intérpretes como Roberto Carlos y José José, más tarde convertidos en leyenda. Aunque a decir verdad, fue Camilo el auténtico rey de la “música para planchar”, un género que marcó una época en países como el nuestro.

Pero Camilo Sesto también consiguió una de las versiones más poderosas de Jesucristo Superestrella, la ópera rock de Andrew Lloyd Webber y Tim Rice, en cuya producción llegó a empeñar hasta la camisa. La montó en 1975, en una España aún bajo la dictadura de Franco, y recibió palos por todos lados. Su interpretación en el papel de Jesús es en verdad magnífica, a mi parecer superior a la de Ian Gillan, el mítico vocalista de Deep Purple que llevó la voz cantante en el estreno en Londres, en 1970. En la obra lo acompañaron Ángela Carrasco como Magdalena y Teddy Bautista, también impecable en el papel de Judas.

Con Camilo Sesto se va algo de lo que fuimos, discos de 45 revoluciones que construyeron el paisaje sentimental de una época convulsa.