Sábado 21 DE Septiembre DE 2019
La Columna

Las señoritas

SOBREMESA

Fecha de publicación: 09-09-19
Por: María Elena Schlesinger

La tienda de a la vuelta de la casa del callejón era atendida por tres mujeres, señoritas entraditas en años, vírgenes y mártires de por vida, quienes se sentían deshonradas e incómodas cuando algún parroquiano las llamaban “señoras”.

“Cuidadito le decís señora a la niña María”, nos advertían en casa, cuando el sustantivo “niña” con su apócope “nía” se usaba indistintamente para señora o señorita, para marcar distancia o deferencia a la persona, por su género, rango o edad.

Durante mi niñez fui una asidua cliente de las pequeñas tiendas que estaban alrededor de la casa, y las señoritas que las atendían ya conocían mis gustos extravagantes por las canillitas de leche y las bolas de tamarindo, por las bolsitas de Vitalinas y los chicles de bomba Bum-bum, de los cuales recuerdo cuando al meter el diente dentro de la esfera rosada y tiesa de la goma de mascar, crujió una roca en miniatura, un piedrín.

Las señoritas eran muy sensibles con eso del trato. En una de mis tantas andanzas observé cuando un ciclista se detuvo en la entrada del establecimiento y dirigiéndose a una de las señoritas ataviadas con delantal de cuadritos blanco con azul, la más chaparrita y desdentada de las cuatro, pidió “un pirujo con chile relleno, señora, por favor”.

Ella puso cara de acidez, y con agrura corrigió, “señorita, por favor”, rechinando el plato de chiles del mostrador en señal de disgusto. Partió el pirujo con un cuchillo filoso y con las manos extrajo el último chile de la pirámide, al que le había escurrido ya el aceite de todos los demás y lo metió dentro del pan junto a una desvaída y grasienta hoja de lechuga.

Por lo general, estas tiendas de barrio eran atendidas por mujeres. Solteras en la mayoría de los casos, por viudez, abandono o porque simplemente, en los caminos de la vida no encontraron pareja o que por decisión personal, optaron por la soltería.

Muchas de ellas habían cuidado a sus padres o algún pariente hasta el fin de sus día y ya fallecidos, y sin la responsabilidad familiar, abrían una tienda, haciendo del cuarto de la entrada o del zaguán el local para el negocio.

Estaba la tienda, la trastienda y la casa en donde vivían las señoritas, y, por lo general, alguna sobrina o pariente necesitado que ayudaba en las idas y venidas de la tienda, a quien amaban con locura, a la hija o hijo nunca habidos, o tratado con rigor de entenado, a quien se hacía el favor de dar casa y comida.

La puerta que separaba la tienda de la estancia privada de la vivienda se mantenía cerrada para que los curiosos y cuijes, no pudieran espiar o juzgar, por lo cual, cada vez que una de las señoritas abría la puerta para ir a hacer sencillo un billete de a veinte o iba a la cocina a ver si ya habían salido los tamales, por ejemplo, me ponía de puntillas para curiosear qué había detrás de la puerta, en el lugar prohibido, a donde solo podían ellas.

Un día fui afortunada. Llegué con mi madre a Las Margaritas en la Cuarta Avenida, cerquita de la Casa Central. “Nía Margarita”, le dijo mi madre a la mayor de las señoritas, “mi nena ya no aguanta las ganas de ir al baño. Sería usted tan amable de dejar que entre un momentito?” Un pequeño silencio. Las miradas cruzadas de las tres Margaritas, y, después de un respiro cortito, contestó la mayor, “por supuesto, que pase la nena” y levantando una tabla unida al mostrador de la tienda con una bisagra, la nía Margarita, me extendió su mano arrugadita y fría, y jalando la pita abrió la puerta hacia lo desconocido. Entrando, escuché de la voz de mi madre: “No vayas a tocar nada”.

mariaelenaschlesinger@gmail.com