Sábado 21 DE Septiembre DE 2019
La Columna

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follarismos

Fecha de publicación: 07-09-19
Por: Raúl de la Horra

Después de seis semanas en las cuales busqué cangrejos portadores de perlas y me entretuve coleccionando piedritas de colores en las playas del norte de España (alusión al cuento por entregas intitulado El mito de Sísifo que les dejé a ustedes en este mismo lugar durante mi ausencia), y durante las cuales pude milagrosamente desconectarme del apasionante acontecer guatemalteco, estoy de nuevo aquí, rascándome la cabeza para encontrar un tema de interés, porque uno regresa con los hemisferios del cerebro frescos y lozanos como las nalguitas de un bebé.

Es curioso: a veces basta con seis semanas de oxígeno estando alejado de los congestionamientos automovilísticos, de la contaminación televisiva, de la masticación obsesiva de egocentrismos exhibicionistas en las redes, de los noticieros que te salpican en el desayuno y en la cena con violaciones, ráfagas de irracionalidad, niños con hambre, choferes acribillados, mujeres descuartizadas, líderes comunitarios asesinados, con el run-run de polémicas electorales absurdas y las espectaculares acusaciones de corrupción e impunidades sin vergüenza y sin fin, basta –repito– con una limpia de poco más de treinta días lejos de las cloacas y de las noticias, ajeno a las columnas de opinión, protegido de las miserias morales y materiales, experimentando otras maneras de vivir, para sentirte de pronto ligero y optimista, con ímpetus nuevos y ganas de abrazar al prójimo, imaginando que todo es posible.

Sin embargo, desde la llegada al aeropuerto, un olor a alcantarilla te recibe como tierna bofetada que no cesará de ampliarse en los recovecos y avenidas de tu corazón a medida que vuelvas a asentar las posaderas en la ciudad. Y descubres de pronto, como si se tratara de la aparición de un relámpago antes de la tormenta, que hay una pestilencia que huele a desesperación y a miedo, a rabia y a indignación, cuando miras al interior de los ojos de las personas, sus expresiones compungidas y su sonrisa forzada, cuando ves que la palabra “Estado de Sitio” vuelve a estar en los titulares de los periódicos, y un escalofrío te recorre la espalda. Es un hondo sentimiento de desesperanza y de frustración, mezclado a la íntima sospecha de que alguien nos está tomando el pelo, de que estamos siendo marionetas de una pieza cuyo argumento no lo hemos escrito, pero lo protagonizamos, y del cual no logramos zafarnos.

Yo, hacía once años exactamente que no veía a mi familia en Europa y que no tomaba vacaciones. Desde que vivo aquí, es la segunda vez que puedo darme ese lujo. Es curioso, pero en los casi treinta años en que viví anteriormente fuera de Guatemala, logré disfrutar cada año de mis cuatro semanas de descanso remunerado, y me daba el lujo de fantasías y de viajes. Al tomar la decisión de volver a Guatemala, en el año 2001, la realidad me succionó como las plantas carnívoras hacen con los insectos, atrapándolos en sus paredes pegajosas. Aquí he realizado cosas fantásticas de las que no me arrepiento, y he dado al país lo que he podido. Pero ahora, enfrentado al fantasma de la vejez y de la soledad, me pregunto si tendré el coraje de continuar soportando una forma de vida y una sociedad que se pudren sin misericordia y sin remedio. La verdad, no lo sé.