Sábado 21 DE Septiembre DE 2019
La Columna

Los libros del Fondo

Lado b

Fecha de publicación: 03-09-19
Por: Luis Aceituno

La librería del Fondo de Cultura Económica abrió sus puertas en la ciudad de Guatemala en 1995, en medio de un renacimiento cultural ligado a las esperanzas que despertaban las conversaciones del proceso de paz que acabarían con la guerra civil que asoló al país durante 36 años. Para muchas personas, entre las que me cuento, la apertura democrática que se respiraba necesitaba para fortalecerse de una base cultural y letrada que le diera cimientos y puntos de conexión con un mundo que se preparaba para una de las transformaciones más vertiginosas de su historia. Solo los libros podían darnos herramientas para enfrentar lo que se avecinaba. Solo la educación podía salvarnos del rezago y la oscuridad en que nos encontrábamos. Solo la cultura nos permitiría decir que, mal que bien, estábamos ahí y podíamos hacer parte de una globalización que se extendía por todo el planeta.

La librería del FCE era la posibilidad de tener un contacto directo con una serie de lecturas a las que la guerra nos había impedido acercarnos. Era en buena parte una conexión con el universo de las ideas que habían sostenido al mundo en el último siglo. Economía, filosofía, literatura, antropología, historia, ciencias…La universidad en casa, como fue unos de los propósitos originales de esta célebre editorial desde su fundación en la Ciudad de México en 1934. Era una posibilidad también de reencontrarnos con nuestra propia historia, con cuidadosas ediciones del Popol Vuh o el Chilam Balam; con las memorias o la poesía completa de Luis Cardoza y Aragón; con el Alvarado de Adrián Recinos, solo por mencionar algunos clásicos.

No recuerdo cuál fue el primer libro que tuve entre las manos publicado por el Fondo de Cultura Económica. De los primeros que se me vienen a la cabeza están Pedro Páramo y El llano en llamas de Juan Rulfo. Obras que leí en la adolescencia obsesivamente, que subrayé a fondo sorprendido por la belleza que podía alcanzar el lenguaje, que llevé conmigo a todos lados, ediciones manchadas por el café, la nicotina y las inclemencias del tiempo. Otro es El laberinto de la soledad de Octavio Paz que también me acompañó durante vario rato, que anoté, subrayé, adoré, refuté… ejemplares con los que tenías relaciones pasionales, que maltratabas y acariciabas, que recorrieron con vos muchos caminos.

Y está, por supuesto, Guatemala, las líneas de su mano de Cardoza y Aragón, de mis lecturas de iniciación, una edición del Fondo que forré de papel estampado con ositos para no despertar las sospechas de los orejas en el transporte público, en las salas de espera, en las cafeterías. Corrían los años setenta y, aunque nadie me lo crea, leer en este país era un acto subversivo y a esto agreguémosle que don Luis era un personaje maldito y peligroso para las dictaduras militares. El otro día, en casa de mi madre, me encontré entre los trebejos mi primer ejemplar de El lenguaje de Edward Sapir, editado por el FCE, y casi rompo a llorar a mares. Debo de ser la única persona en el mundo que tiene esos arranques sentimentales con un libro de lingüística pura, pero era un raro testimonio de una época de mucha hambre de lecturas.

Este martes la librería del FCE celebra los 85 años del nacimiento de la editorial. Estaré conversando al respecto con Mario Roberto Morales y José Luis Perdomo, a las 19:00 hrs.; luego habrá jazz progresivo con Kadmon y los libros tendrán el 40 por ciento de descuento.