Viernes 15 DE Noviembre DE 2019
La Columna

El mito de Sísifo vi

follarismos

Fecha de publicación: 31-08-19
Por: Raúl de la Horra

En ese instante unos rayos de sol, luminosos como el canto de mil chirimías, atravesaron los cristales de la ventana y se posaron sobre su rostro. Una fuerte brisa refrescó la oficina. Y de no haber sido por el famoso pisapapeles, los documentos del escritorio habrían salido volando. Tanto la ventana como la puerta estaban cerradas, así que por absurdo que parezca, la pequeña ráfaga de viento solo podía provenir de la habitación misma. O, para ser exactos, del sitio donde estaba Gumersindo. La luz en su rostro era tan intensa que tuve la impresión de que él se levitaba del suelo con todo y silla, luciendo una sonrisa inescrutable, mitad demoníaca y mitad angelical, al tiempo en que el diente de oro que ostentaba en la encía superior le restallaba en reflejos dorados. En esos segundos que me parecieron eternos, intuí que una misteriosa alquimia se estaba operando en el aire: creí vislumbrar, en un espacio que no podría describir, a un águila transportando una serpiente esmeralda entre las garras. De pronto, desde el cenit y a contraluz, la soltaba, y yo la veía caer en cámara lenta, desenroscándose como una gran S, mientras escupía mariposas por la boca. Pero antes de tocar tierra, la serpiente se convertía en águila y emprendía el vuelo en dirección al sol. Sentí vértigo.

Imposible moverme. Parpadeé. Inspiré profundamente. Gumersindo permanecía sentado frente a mí con los ojos clavados en los míos. Aún sonreía. En ese momento, una convicción surgida de las entrañas me hizo comprender que este hombre no estaba para nada chiflado; que se trataba de un ser especial, de un elegido, designado para una misión.

Me incorporé y lo acompañé hasta la puerta del consultorio. Acordamos que me llamaría la semana siguiente con el fin de averiguar lo que habíamos decidido el equipo de “esspertos”, como él nos llamaba. Le estreché la mano y lo vi alejarse por el pasillo con sus piernas cornetas y su andar circunspecto. Casi parecía volar.

Observé a continuación al grupo de personas que estaban en la sala de espera aguardando cita. Todas eran de origen extranjero. Se me agolparon de pronto en los oídos unos pitidos ensordecedores de chirimía que tenían el regusto de queja enjaulada. Entonces grité sin querer, con voz azufrada y ronca, como si una fuerza superior a mi voluntad me las estuviera dictando: ¡Águilas reptantes: vuestro dolor es la noche, que busca el amanecer; mas no esperéis que las tinieblas os den alas ni os traigan la luz!. Los pacientes se retornaron y me contemplaron espantados. Algunos intercambiaron gestos de interrogación y me sentí ridículo. Definitivamente, algo en extremo insólito e inexplicable me estaba sucediendo. La indescifrable sonrisa de Gumersindo la sentía clavada en mi conciencia como la uña de un gato y no lograba desprenderme de ella.

En el informe que envié a la asistenta social y a las dependencias del Ministerio del Interior, además de enfatizar que Gumersindo no solo no estaba enfermo, sino que era una de las personas más sanas que había conocido, escribí: Lo que hizo Gumersindo, después de todo, es bastante similar a lo que hacemos en el consultorio. Porque elaborar diagnósticos intentando clasificar a las personas en categorías y compartimentos, no se diferencia mucho de los procedimientos de Gumersindo en el supermercado. Solo que nosotros procedemos con síntomas y no con insecticidas o champús. De cierta manera, hasta en lo de los frasquitos nos parecemos: él inventó un tipo de pócima para los nervios –que, por lo visto, produjo excelentes resultados–, y nosotros distribuimos ungüentos verbales, presuntamente curativos, embotellados en sesiones de psicoterapia. Esto me lleva a pensar que quizá la locura esté más allá –o más acá– de donde habíamos creído que estaba, y que los que sufren y vienen a consulta para que los ayudemos, ni se imaginan que a veces andamos tan perdidos como ellos.

Me contaron que cuando el director de la clínica donde trabajo leyó mi informe, dio un puñetazo tan violento sobre el escritorio que por poco lo parte en dos. Pocos días después, él mismo, en persona, me prescribió unas semanas de descanso en Bretaña en esta casa de reposo frente al mar, donde cada amanecer me trae la apacible visión del flujo y reflujo de las mareas bajo un horizonte sin fin. La arena es blanca y muy fina, saturada de restos de coral, de caracoles y de pequeñas piedras de colores que guardo en una bolsa de cuero que me trajo Gumersindo en una de sus recientes visitas. Las clasifico por tamaños, estructura y colores, y luego se las devuelvo al mar para restaurar el equilibrio del universo. También me entretengo observando los cangrejos que corretean sobre la playa. Ayer, justamente, uno de ellos me trajo una perla blanca y brillante. La traía cogida entre las tenazas y la depositó a mis pies. Al principio no di crédito a lo que veía; pero cuando examiné el fenómeno con atención, tuve que rendirme a la evidencia: el cangrejo era real, la perla era real y también mi asombro era real. Obviamente, se trataba de un mensaje cifrado de Sísifo. FIN