Martes 22 DE Septiembre DE 2020
La Columna

El mito de Sísifo IV

follarismos

Fecha de publicación: 17-08-19
Por: Raúl de la Horra

– ¿Voces?

Aquí casi doy una voltereta en el aire, porque las voces y demás fenómenos alucinatorios han sido mi especialidad y mi fuente de trabajo desde hace años. Y es que para un psicólogo o para un psiquiatra –aunque muchos de mis colegas no se atrevan a confesarlo–, estos comportamientos “patológicos” son algo así como los bistecs jugosos que los pacientes le lanzan al tigre para mantenerlo contento. Me froté las manos:

– ¿Qué tipo de voces escucha? ¿Qué le dicen? ¿De dónde vienen?

– Son de ese tal Sasú…sifo. Lo sé, porque en sueños me dijo que su alma se había quedado atorada aquí en Francia debido a que la gente de este país anda nerviosa, llena de prisas y echando pestes contra todo, y que él no podía irse a otra parte antes de liberarlos.

– Bien, bien. ¿Y cómo son las voces? ¿De qué hablan?

– ¿Que cómo son las voces? Fíjese usté: primero, al acostarme, oigo una música de chirimía que baja del cielo y con voz de viento, como cuando uno habla bajito para no despertar a nadie, me sopla en la oreja: “Si querés zafarte de las cadenas tenés que ser generoso y ayudar a las personas –me dice– ; tenés que darles medicina para que se curen y se sosieguen; pero medicina natural, de la de tus antepasados”. Yo entonces abro los ojos bien grandes en la oscuridad y me santiguo. Pero desde el momento en que los vuelvo a cerrar, la voz se aparece otra vez y me dice: “Esto es lo que quiero que hagás: tenés que hacer el bien pa’ que el castigo que estás padeciendo deje de ser castigo”. Así es como me platica Sa…su…sifo. Y bueno, en estos últimos días me ha ordenado que haga otras tareas, que ponga cada cosa en su sitio, que sea cuidadoso y limpio. Por eso le pregunté si no quería que le colocara los lápices en el recipiente.

Sentí que un velo se despejaba dentro de mí; aunque en lugar de aligerar mi respiración, me la agitó aún más. Me rasqué la cabeza.

– Ya veo. Y usted, naturalmente, cumple al pie de la letra con esas órdenes.

Gumersindo asintió. Yo empezaba a desesperarme, porque por más que lo intentaba, no lograba armar el rompecabezas.

– ¡Gumersindo! –le solté en tono severo– : A ver, explíqueme de una buena vez por qué lo echaron. Y por favor, no se me vaya a ir por las ramas…

Estaba frente a mí, al otro lado del escritorio. Estiró el brazo y cogió un lapicero. Lo miró con curiosidad e hizo un gesto para introducirlo dentro del pisapapeles, pero se retractó a medio camino. Me vio con expresión avergonzada y luego sonrió. Volvió a colocarlo encima de la mesa. Finalmente, se acomodó en la silla, estiró las piernas y empezó a acompañar su relato con movimientos de manos.

– Como le dije –prosiguió– ; para mí, el trabajo en el supermercado se volvió una fijación, ¿verdá?, y por más que metía y metía productos, la gente los sacaba y los sacaba, y las estanterías se mantenían casi vacías. Yo pensaba: ¿Cómo hacer para impedir la desangrazón y sentirme tranquilo? Entonces supe que tenía que hacer lo que me pedía la voz: darle a esa gente medicina natural para que se les quitara la fiebre.

– Aja, usted decidió darles medicina natural. ¿Qué medicina?

Gumersindo bajó los ojos, metió las manos en los bolsillos y cruzó los pies.

– Como yo había sabía que la gente estaba dispuesta a comprar lo que se les pusiera enfrente, les puse gotas para los nervios.

– ¿Gotas para los nervios?

– La mera verdad, eran gotas que yo fabricaba. Aunque no eran contra nada.

– Entonces, ¿para qué servían o de qué estaban hechas?

– Resulta que yo me encontré unos frasquitos vacíos de vitaminas en un depósito de vidrio y les pegué una etiqueta rústica en francés que decía “Producto natural hecho a mano, cura el mal de nervios si echa 10 gotas en un vaso antes de dormir, precio 10 francos”.

Tantas explicaciones me desesperaban. Lo azucé:

– ¡Gumersindo, vamos al grano! ¿Con qué los llenó?