Miércoles 21 DE Agosto DE 2019
La Columna

Volver al pasado, inevitablemente

Lado b

Fecha de publicación: 13-08-19
Por: Luis Aceituno

“Y el pasado volvió, inevitablemente”. Esta cita de la novela El impostor de Javier Cercas me la envió una amiga a propósito de los resultados de las recientes elecciones presidenciales. “Tal vez el pasado nunca se fue”, me digo y ha estado ahí revuelto entre ese desorden de trastos y papeles que hemos acumulado con los años y, como aquella libreta que creímos perdida para siempre, se nos aparece de repente para recordarnos que aún tenemos citas pendientes con la historia. Llamadas que no devolvimos. Cartas que no escribimos. Facturas que no pagamos. Multas que no solventamos. Promesas que no cumplimos. Destinos a los que nunca llegamos. Para la gramática existen varios tipos de pasado: el perfecto, el imperfecto, el pluscuamperfecto, el compuesto, el simple, el continuo… Por alguna razón obviaron el “incierto”, que es al que nosotros regresamos cada cuatro años, cuando por la tele anuncian los resultados electorales ¿A qué tipo de pasado regresaremos ahora?, es la pregunta que nos ronda en la cabeza hasta las tres o cuatro de la mañana.

Así que para mitigar el insomnio y para hacer de esa obsesiva vuelta al pasado un viaje más confortable, me receto un tracklist de canciones de hace más o menos 50 años, aquella época en que la música me anunciaba que lo mejor estaba por venir. Quizá porque aún no había salido de la infancia y la política no era mi asunto y, además de torpe, era bastante ingenuo y me emocionaban tonterías como “la guerra se termina, si vos lo querés” (sí, claro, cómo no se nos había ocurrido antes). Por supuesto, aún no habían aparecido los Sex Pistols, para decirme que me dejara de burradas, que el porvenir o el futuro o como quisiera llamarlo no existía, así de simple, que el mundo estaba repleto de pendejos y que lo peor de todo era que tenían el poder.

Pero, bueno, si hay que regresar al pasado, prefiero ir a parar a aquel momento en el que me hubiera encantado asistir al festival de Woodstock y retozar en el lodo mientras Santana y su banda tocaban Soul Sacrifice. Y sí, hubiera sido capaz de sacrificar mi alma por asistir a la cita, pero ya me veo a los diez años preguntando: “Mama, ¿me da permiso para ir a Woodstock?, fíjese que van a ir Joe Cocker, Jimi Hendrix y Janis Joplin” y ella asintiendo con una sonrisa y dándome 25 centavos para el pasaje y la refacción. Un sueño imposible, como cantaba el Quijote en una comedia musical, pero a pesar de todo, fue bonito soñarlo. A mí lo único que me quedaba, era meter un radito de transistores debajo de la almohada para escuchar canciones babosas que me hablaban de lo buena onda que iba a ser el porvenir, cuando el mundo se pareciera a Woosdstock, una jornada eterna de paz, música y amor.

Y eso es lo que me queda, en este lento regreso nocturno al pasado poselectoral, meterme los audífonos en las orejas y esperar la inconsciencia del sueño mientras me arrulla Grace Slick.