Lunes 16 DE Diciembre DE 2019
La Columna

El mito de Sísifo III

follarismos

Fecha de publicación: 10-08-19
Por: Raúl de la Horra

¿Sobre qué filosofaba, qué pensaba?

Sus mejillas se encendieron.

– ¡Sobre qué iba a ser! ¡Sobre la chifladura de la gente! Yo veía que las personas estaban como enfermas porque no paraban de comprar cosas. Todo lo que yo ponía en los estantes no duraba nada y mero luego tenía que estarlo reemplazando.

– Claro, ésa es la lógica de la sociedad de consumo –afirmé, haciendo un movimiento explicativo con la mano. Aunque mi intervención fue tan esclarecedora como si le hubiera dicho que en el bosque hay árboles porque…¡están en el bosque! Así de perspicaz andaba yo en ese momento.

Gumersindo prosiguió su relato, salpicándolo con giros del habla popular:

– De modo que empecé a preguntarme: ¿Por qué esto es así, cómo es posible? Había productos –¿cómo le dijera?– que yo no compraría ni loco. Pongamos por caso los “spreis” contra los mosquitos, sobre todo con las temperaturas tan fregadas que hay en invierno. Yo pensaba: seguro que van a quedarse en el estante hasta la semana que viene. Pero ¡pa’ qué lo dije! Al cabo de una hora ya faltaban tres. Y si me descuidaba, luego venía el gerente y me pegaba mi buena gritada porque los clientes se habían ido a quejar de que no había más insecticida. ¡Y conste que no le estoy hablando de los detergentes, ni de los champús, ni de todo el montón de objetos que de veras son necesarios en las casas!

– Lo que pasa es que muchas personas viajan en invierno hacia los países cálidos –intervine, tratando de aclarar lo de los insecticidas. Tengo unos amigos que se han ido de vacaciones a…

– Puede que sí –atajó. Lo que descubrí es que la gente compra cualquier babosada que se les ponga enfrente, ésa fue mi conclusión. Y cuando se lo conté a un amigo que hizo estudios como usté, pero que no terminó la carrera, me explicó que lo que me estaba pasando era igualito a lo de la leyenda de Sasufí.

– ¿La leyenda de quién?

– De Sasufí.

– ¿Y quién era Sasufí?

– Un héroe de la historia de los soldados griegos, creo. Fíjese que a saber por qué le habían puesto un su castigo que consistía en subir una piedrota hasta la cima de una montaña. Y en el momento en que estaba arriba se le volvía a caer y tenía que regresar a traerla para subirla de nuevo. ¡Un trabajo repisado, pues!

– ¡Pero si ése es el mito de Sísifo! –prorrumpí.

– ¡Essacto! Y si usté dice que se llama Sasu…Sísi…fo, así ha de ser, no conozco mucho de esta ciencia. El asunto es que mi amigo me dijo: “Vos sos igual que Sísu…no; igual que Sísi…fo. Tu piedra son los productos que descargás de los camiones y metés en los compartimentos, pero que no se agotan nunca. La única diferencia es que en lugar de estar en una montaña, vos estás en un supermercado”. Así fue como me dijo. Y a mí me pareció muy atinada la comparación, ¿qué opina usté?

Me pasé la mano por el cabello. La ocurrencia no dejaba de ser original, lo reconozco. Pero mi función en este caso no era opinar sobre ocurrencias descabelladas, sino ayudarlo a salir de ellas. De modo que le respondí con la única frase que se suele decir cuando no hay otra mejor:

– Interesante, verdaderamente interesante…

Y por supuesto que la charla con Gumersindo era interesante. Sin embargo, a estas alturas yo aún ignoraba la razón por la que lo habían expulsado del trabajo y lo habían enviado a un centro para desadaptados. ¿Habría cometido un robo o agredido a alguien? El racismo contra los extranjeros se había exacerbado en Francia en los últimos meses y no era de excluir una provocación o algún altercado. Le pregunté, frunciendo el ceño:

– Gumersindo, lo que usted me ha contado es muy valioso, pero quisiera que me dijera de una buena vez por qué lo echaron, qué fue lo que pasó.

Gumersindo carraspeó y se removió en su asiento.

– Vea…, lo que pasó es que cuando mi amigo me habló de Sasu…, de Sísufo, no sólo empecé a dormir mal y a tener pesadillas, sino lo qu’es pior, empecé a oír voces en las noches.