Domingo 15 DE Diciembre DE 2019
La Columna

Racismo en criollos, ladinos e indios

EL BOBO DE LA CAJA

Fecha de publicación: 09-08-19
Por: Andrés Zepeda lacajaboba@gmail.com

Yo no dudaría en tildar de racistas a determinadas conductas que tienden a romantizar los atributos de una otredad ‘maya’ a la que idealizan percibiéndola angelical, impoluta, nunca jamás mestizada, poseedora de una sabiduría mística heredada de generación en generación sin influjos de Occidente; pero a la que, a la vez, ven por encima del hombro, rebosantes de inconfesada conmiseración porque mis cielos, pobrecitos, qué barbaridad lo que han sufrido; hay que ayudarlos.

 

Es el caso del típico pimpollo de clase media a quien acaba de nacerle la conciencia, y cuya emotividad a flor de piel oscila entre el paternalismo lánguido y el sentimiento de culpa por haber nacido con pisto. Es el caso, asimismo, del oenegero u oenegera que frente al prójimo exhibe la pose sufriente, contrita; aunque internamente no quepa de gozo en su papel redentor ante un sujeto subalterno a quien encasilla como variación degradante del arquetipo del buen salvaje.

 

Tampoco dudaría en señalar pinceladas de racismo en la costumbre, tan de las élites criollas, de casarse entre ellos para retener sus fortunas y, de paso, preservar la blancura de sus cuerpos alérgicos al sol. Es raro que nadie en sus filas haya previsto que, siendo tan escasos en número, esa maña endogámica terminara provocando defectos genéticos importantes (malformaciones físicas, anomalías psíquicas, deficiencia mental, propensión a la enfermedad) en hijos nacidos de papás y mamás que son –además de esposos– primos. Conozco no sólo uno, sino varios casos. ¡Se ve a cada idiota presidiendo las cámaras empresariales!

 

¿Cabe llamarle racismo al complejo de inferioridad que delatan los ladinos cuando niegan, hasta la muerte, cualquier vestigio indígena en su árbol genealógico? ¿Hay evidencia de racismo autoinfligido en la obsesión de algunos progenitores al querer comprobar si sus bebés nacieron con la mancha mongólica? Los teóricos especialistas insisten en que el racismo sólo puede operar de arriba hacia abajo. Dejo entonces la duda en el aire –pero, igual, me atrevo a especular que sí; que sí es racismo.

 

Una duda parecida me queda al observar las añejas discordias, vivas aún, entre ciertas comunidades k’iche’ y sus vecinos de origen kaqchikel. O entre indígenas que discriminan a otros indígenas, incluso de su misma etnia, porque son oriundos de un municipio distinto donde “sólo viven lerdos, atrasados y brutos”. A ver intelectuales, ayúdenme: ¿Hay racismo ahí? ¿Sí o no? ¿Por qué?

 

Ahora que hago referencia a las urdimbres discriminatorias entre indígenas recuerdo mi experiencia africana. Viviendo en Etiopía fue interesante notar cómo en ése país la gente se considera una categoría aparte, desprendida analíticamente del continente al que de hecho pertenecen. “Tengo que viajar a África”, comentaba un amigo cada vez que debía emprender vuelo rumbo a alguna nación vecina por motivos de trabajo. Incluso entre las distintas repúblicas se da una rivalidad constante, festiva (entre broma y broma la verdad se asoma, nos recuerda el refrán), en el juego irreverente de establecer cuál de todas tiene en su población a los negros más negros. La campeona es siempre Nigeria.

 

¿Racismo ahí?