Sábado 8 DE Agosto DE 2020
La Columna

Con la luna llena

Lado b

Fecha de publicación: 23-07-19
Por: Luis Aceituno

“Con la luna llena/ bajo las estrellas/ juntos en la noche/ solíamos pasear/ Y en la lejanía/ una lucecita/ que en nuestra casita/ siempre ha de brillar…”, cantaban insistentemente los cuates de la cuadra. Seguro era la única canción que se sabían. El cover de In the Misty Moonlight de Dean Martin, que en español sonaba medio miserable. Siempre que los oía me entraba una congoja y me imaginaba la luna como un valle de tristezas infinitas, repleta de cantantes heridos del sentimiento. Por alguna razón fue la tonadita que se me vino a la cabeza, cuando vi bajar de la cápsula a Neil Armstrong (en realidad un bodoque blanco que se desplazaba de un lado a otro de la pantalla). La Luna no solo era triste sino oscura, y a eso agreguémosle que la transmisión era una mierda vista desde una tele antiquísima y en blanco y negro. Un momento determinante en la historia de la humanidad, del que a nosotros solo nos llegaban las sombras. Lo más jodido era que Armstrong, Aldin y Collins estaban solos, especie de metáfora de la condición humana frente a la inmensidad del universo. Vaya que nosotros éramos un montón de ishtos arrejuntados en una salita del colegio, nos hacíamos compañía mientras nos enfrentábamos a lo desconocido.

Durante un montón de tiempo jugamos, por supuesto, a que llegábamos a la Luna. Nos deslizábamos por los resbaladeros creyéndonos astronautas. Caminábamos entre los destrozos de las ruinas de La Recolección –que fue lo más parecido al paisaje lunar que encontramos en La Antigua– buscando presencias extrañas, selenitas o marcianos, monstruos peludos que ladraran como perros. Algo que le diera una presencia maravillosa a aquella luna llena, desde donde Armstrong y compañía deben de haber buscado la lucecita prendida de su humilde casa en el globo terráqueo. Uno siempre tiene pensamientos estúpidos cuando se mira solo en medio de la nada, quizás eso sea lo que nos diferencia de cualquier otro habitante del universo. Lo que nos hace humanos, demasiado humanos.

Aunque, si nos atenemos a los informes de la NASA, lo que en realidad hacía más humanos a los tripulantes del Apollo 11 eran las complicaciones para ir al baño. Orinaban en una especie de condón y para lo demás tenían una bolsa de plástico pegada casi con masking tape a las nalgas. Pero la verdad, es que todo se convertía en un desastre y, debido a la falta de gravedad, en una ocasión Collins vio sus heces flotando por toda la nave. Algo que jamás se le cruzó por la cabeza a Luciano de Samosata, el creador de la Historia Verdadera (Siglo II d.C.), la primera novela de ciencia ficción de la que tenemos noticia. Bueno, tampoco se le ocurrió a Julio Verne. Por lo general, los héroes no defecan en sus aventuras intergalácticas. Demasiado humano y de mal gusto.

“Esto es un acontecimiento histórico”, nos dijo la seño Esperanza antes de prender la tele, “dentro de 50 años se lo contarán a sus nietos”. Aún no existían canales como el National Geographic y estoy seguro de que ella en verdad confiaba en nuestra memoria. Yo tenía nueve años y ya demasiadas cosas que guardar en mi cabeza.