Viernes 24 DE Enero DE 2020
La Columna

El cuarto de María Cruz Tecún (2)

SOBREMESA

Fecha de publicación: 22-07-19
Por: María Elena Schlesinger

María llegó a la casa del Callejón en compañía de su tía, tal y como lo habían acordado con mi madre. El taxista parqueó el enorme coche celeste de colas muy largas y aletas de tiburón, frente a los balcones de hierro. “Solo dejo a mi sobrina y nos regresamos de vuelta a La Antigua”, le indicó Toya al conductor, quien miró con desgano su reloj de pulsera, para indicar que el tiempo corría y que lo hiciera de prisa.

Mi madre saludó a María sin espavientos, a distancia, según instrucciones de los médicos, quienes habían advertido a los parientes que la tuberculosis no debía tomarse a la ligera y la principal prescripción para evitar los contagios era guardar distancia.

Estaba muy flaca y desteñida, y su baja estatura se acentuaba por la enorme bata de enferma con la cual había sido dada de alta del hospital. Era un bolsón de algodón percudido con amarre cruzado al frente que le llegaba abajito de los tobillos. Calzaba zapatillas negras de cuero muy empolvados y, en la cabeza, llevaba un pañuelo de tela brillante con estampado de pájaros que su tía había obligado amarrarse para evitar que el chiflón le pegara en el coco.

“Mejor llévese de vuelta todas las pertenencias de María”, dijo mi madre a Toya, quien para entonces ya iba a medio camino cargando un par de cajas de cartón amarradas con un mecate, y una pequeña petaca de cuero en donde, además del peine, las blusas y los seis calzones, guardaba la pequeña colección de comics de vidas ejemplares de santos que las damas del Club de Leones le habían regalado en sus días de hospital.

“No se preocupe, Toya, aquí le tenemos de todo, y le encargo que antes de su partida, le ayude a cambiarse de ropa, y le aconsejo que en su casa eche un fosforazo a todo lo que María utilizó, por aquello del contagio, porque siempre es mejor prevenir que tener que lamentar”.

No habían muchas instrucciones que darle a la enferma: el baño con su regadera contiguo al dormitorio era para su uso personal, el cual debía limpiar con una escobilla dos veces al día con una solución de cloro que encontraría en una botella de vidrio junto al inodoro; la ropa de cama se cambiaría una vez por semana, y a diario la personal. Todo estaba organizado para que su ropa se fuera directo al segundo patio, a un gran balde de latón con agua jabonosa con cloro y desinfectante que estaba junto a la pila, para un remoje de dos días, para luego desaguar con agua limpia y tender dos días al sol en la terraza.

“Por último”, explicó mi madre, “los tres tiempos de comida, refacciones, e intercambio de ropa, se realizará por la ventana”, como torno de convento de monjas enclaustradas.

Mi madre pasaba a saludarla a diario. Desde la ventana le preguntaba por su salud; si tenía dolor en los pulmones o si le aquejaba la cabeza. Cómo iba del cansancio o si se había tomado hasta el último sorbo del extracto de hígado que le preparaban a diario sazonado con picadillo de perejil y cebolla para que le pasara ligero.

Todas la saludábamos desde la ventana y las empleadas del servicio pasaban mañana y tarde a platicarle, siempre de lejitos, ventanal de por medio, y le obsequiaban fruta, melcochas de tusa o dulces de a medio, las piñitas o muñequitos de dulce de leche, sus predilectos

Pasados los primeros dos meses, María Cruz Tecún comenzó a engordar y a tomar fuerzas. Se le miraba de mejor color los cachetes, engordó de canillas gracias a los caldos de carne y verdura, a las tazas de leche con nata que le servían tempranito en la mañana, cuando llegaba el lechero, directo de la botella a la taza, además de las ensaladas de rábano y nabos que le preparaban todos los almuerzos porque mi madre había escuchado por la radio que tenían mucho yodo y que eran vegetales magníficos para los pulmones.

Las pequeñas caminatas mañaneras por el patio de las azaleas se iniciaron cuando María estuvo más animada. Mi padre se iba a trabajar a las ocho en punto, y los hijos no llegábamos hasta las doce y media, directo a la mesa a almorzar, por lo cual, mi madre obligó a María salir de su encierro y vestida con las herencias de mis hermanas mayores inició las caminatas por entre los macetones, buscando, como lo hacen los perros viejos, el pedacito más luminoso y calientito del patio para recibir los rayos del sol.

(Continuará)

Mariaelenaschlesinger@gmail.com