Miércoles 17 DE Julio DE 2019
La Columna

Racismo al derecho y al revés

EL BOBO DE LA CAJA

Fecha de publicación: 12-07-19
Por: Andrés Zepeda lacajaboba@gmail.com

Antes de hoy, la última vez que escribí sobre racismo fue en un reportaje publicado hace cinco años. Recuerdo que me negué a firmarlo por desavenencias con el editor y su necedad de oponer lo indígena con lo mestizo (como si los indígenas no fueran, también, mestizos, y como si el hecho de serlo minara su valía o su dignidad), un disparate a la luz de la evidencia fáctica. Vuelvo a la carga ahora, aprovechando que la discusión flota en el aire.

 

¿Racismo al revés? ¡Eso no existe!, sancionan los eruditos, y la explicación que ofrecen es que el racismo, para serlo, ha de ejercerse desde una posición dominante respecto del sujeto o del grupo estigmatizado. Subrayan que esa posición de dominio opera de manera sistémica (es decir, desde las estructuras mismas que configuran la pirámide social, política y económica), sin observancia a casos específicos, individuales, aislados.

 

Comprendo, y además coincido. Agregaría incluso que, dado su carácter sistémico, de una u otra forma acabamos reproduciéndolo y normalizándolo todos (de pensamiento, palabra, obra… u omisión, citando el aburrido misal romano) aun inadvertidamente y sin proponérnoslo. Cuanto más imperceptible, más nocivo. Cuanto más negado, más fatídico.

 

Mi única objeción a la epistemología canónica del racismo es que se nos presenta como algo definitivo y cerrado, pero eso es algo que tiene que ver con la estrechez de quienes postulan, más que con la cualidad de los postulados. La academia es un tinglado de egos y perfidias, un estamento autorreferencial repleto de borregos y lameculos que desmienten, en la práctica, su cacareado apego a la meritocracia como norma y a la duda como método. Para colmo, de un tiempo a la fecha las humanidades acostumbran revestirlo todo de ese nauseabundo barniz políticamente correcto que sólo delata lo que se afana en ocultar.

 

Tomando distancia percibo que la sociología al uso bebe mucho de los denominados Latin American Studies. Cuánto desearía que se nutriera asimismo de la fascinante complejidad africana. “Los langi y los acholi tratan a los kakwa con superioridad al considerarlos ignorantes y atrasados”, escribe R. Kapuściński en Ébano (1998), en referencia a los pueblos del norte de Uganda. Viviendo en Etiopía presencié yo mismo un fenómeno similar.

 

Demasiado fácil se nos olvida que fueron tribus negras las que vendieron a sus vecinos rivales ante la demanda de esclavos fomentada por traficantes blancos. Demasiado cómodo se nos hace obviar el genocidio que venían cometiendo los k’iche’ contra los kaqchikel allá por 1524, lo cual devela por qué estos últimos se adhirieron a los españoles en su ambición de conquistar a aquéllos. Demasiado rápido borramos de la historia oficial que, ya bajo la opresión colonial, los primeros ladinos fueron indígenas.

 

Se sabe que la Colonia española aplastó la diversidad preexistente comprimiéndola en una sola categoría chata, sin matices: el indio. De modo parecido, el discurso hegemónico en Estados Unidos tiende hoy a ecualizar la diversidad latinoamericana reduciéndola a una sola casta: los hispanics. Semejante desliz se tolera acá con pleitesía en lugar de reprobarse con honor.

 

¡Qué fascinación por la blancura exhiben las élites locales! ¡Qué obsesiva y frívola su chochera por una pureza de sangre que no es tal! Es cómico verlos sudorosos, derretidos, torpes, imitando los códigos europeos de etiqueta al compás de un vals vienés en fiestas de boda que se ofician a las brasas del calor del trópico.