Viernes 18 DE Octubre DE 2019
La Columna

Orígenes

Viaje al centro de los libros

Fecha de publicación: 09-07-19
Por: Méndez Vides

Amin Maalouf (Líbano, 1949), nació en Beirut pero sus primeros años los pasó en Egipto. Escribe en francés, que él llama la “lengua de la sombra”, y no en árabe, que califica como “lengua de la luz”, por el uso común y con la que aprendió a leer incluso a los clásicos occidentales. El francés le llegó por su madre y lo cultivó en el colegio de jesuitas donde estudió. Fue en francés que plasmó sus primeras tentativas literarias, escribió sus novelas históricas, y así obtuvo la silla 29 de la Academia Francesa, en el país al cual llegó como refugiado producto de la guerra civil en 1975. Su vida de nómada, viviendo en occidente pero imaginando el oriente, produjo una obra popular, que en el nuevo milenio, impulsó obras aún más poderosas, como Los Desorientados, que surgió una década después de Orígenes, su libro clave de búsqueda en la memoria de las señas de identidad de su familia, en cartas y documentos, de la historia de sus antepasados, y donde expresó el sentimiento suyo de extranjero en París, soñando en árabe.

En Orígenes, profundiza en el desarraigo de sus antepasados: “Nuestro sino es estar desperdigados en la muerte como lo estuvimos en vida”. Lo de raíces no le gusta, por cuanto implica: “A los árboles no les queda más remedio que resignarse, necesitan tener raíces; los hombres, no. Respiramos la luz, codiciamos el cielo, y cuando nos hundimos en la tierra es para pudrirnos”, sino “Lo único que nos importa son los caminos”, porque “nos prometen, nos transportan, nos impulsan y, luego, nos abandonan”.

Maalouf nos conduce por los caminos de sus ancestros nómadas, tanto como resultó siendo él. Viviendo en otro país, cruzando idiomas y sensibilidades, habitando un mundo e imaginando otro. En Orígenes, narra la historia de su antepasado Gebrayel en Cuba, a donde llegó como inmigrante sin nada e hizo fortuna, pero murió de manera violenta. La obra es la búsqueda de una explicación a su camino y destino, la confirmación de la leyenda, la aclaración de qué produjo esa muerte que se anunció al tío abuelo, Theodoros, monje recluido en un monasterio de la Montaña, cuando se detuvo la manecilla del reloj y rajó el tintero, manchando de rojo la página de su diario, en el preciso instante de la muerte de Gebrayel en el otro lado del mundo, a cuarenta días en barco.