Domingo 20 DE Octubre DE 2019
La Columna

El Cuarto de Estudio (1)

SOBREMESA

Fecha de publicación: 08-07-19
Por: María Elena Schlesinger

Cuando era pequeña le llamábamos el Cuarto de Estudio, pues allí hacíamos los deberes y estaba una máquina de escribir Remington que mi padre utilizaba para escribir cartas, siempre con dos copias de papel delgado de color celeste suave gracias a la magia del papel carbón.

Era una pieza de regular tamaño, con un techo de cielo falso de donde colgaba una lámpara larga de tubos de neón, la más conveniente para la vista según mi padre para los largos periodos de estudio que pasaríamos allí.

Pegada a la pared que daba a la vecindad estaba una librera repleta de libros que llegaba hasta el techo, y en el centro, una mesa revestida de formica imitación madera, patas de aluminio redondeada con seis sillas del mismo material forradas de cuerina color vino tinto que mi madre había comprado en el Almacén Concordia antes que yo naciera, a finales de los años cincuenta.

El cuarto era ventilado y con buena luz de la mañana, gracias a un ventanal de dos bandas que daba al patio de las azaleas y una fuente revestida de azulejos. Pero en realidad, era un cuarto sin mucha gracia por decirlo de alguna manera, pues por toda decoración tenía almanaque de Mejoral colgado en una de las paredes laterales y como vestigio de días mejores, una cortina rabona de tela floreada desteñida.

A lo largo de la historia familiar en la casa del Callejón, aquel cuarto recibió varios nombres, de acuerdo a la circunstancia o a las personas que lo habitaron en ese momento.

Mucho antes que yo naciera, se le llamó el cuarto de Chosi, una prima lejana de mi padre que vivía en Quetzaltenango, quien llegaba a pasar largas temporadas a la Casa del Callejón. Se llamaba Josefina Wyld Ospina, hermana del escritor y poeta, a quien mi padre le tenía especial cariño.

Su llegada a la casa era todo un acontecimiento, pues además de limpiar y renovar el cuarto y el único baño de la planta baja, siempre llevaba en su bolsa de terciopelo regalitos para todos en casa: manzanas muy rojas, peras, juegos de trastecitos de barro para las niñas y para mi hermano Luis trompos de pita y capiruchos.

Era blanca y delgada como un espárrago. Tenía la mandíbula ligeramente salida al frente y la barbilla poblada de pelitos blancos, tan duros como pequeñas púas, los que al acercársele para darle el beso y abrazo de bienvenida se clavaban, inclementes, como lija o finísimos alfileres.

Vestía siempre de medio luto, falda tubular negra hasta por encima de los botines y una blusa blanca de vuelitos de manga larga, cuello altito con un pequeño camafeo de coral en el centro. Pero lo que más divertía a mis hermanos de su atuendo era su bastón de cacha azul y su sombrero de cabritilla negra, el único en su haber, ya brilloso por el uso, como el del general Napoleón Bonaparte.

Chosi fue siempre muy bien recibida en casa por su eterna dulzura, y especialmente recordada porque padecía fuertísimos episodios de estreñimiento, a pesar del puré espeso de ciruela que a sabiendas del mal le preparaban de postre, las botellas enormes de leche de magnesia que ingería sin reparo en vaso los tres tiempos de comida y las lavativas que mi madre le ponía con toda la fineza del caso.

Cuando la miraban desfilar con paso firme con desesperación por el pequeño corredor de ladrillo rojo de la casa, sabían todos que estaba sufriendo uno de esos embates terribles de tripa retorcida y entonces la consigna o deferencia en casa era que nadie llegara a aporrearle la puerta del baño en sus larguísimos intentos por evacuar lo poquito que comía, para no ponerla en apuros.

(continuará)

mariaelenaschlesinger@gmail.com