Domingo 20 DE Octubre DE 2019
La Columna

Cómo comunicamos

follarismos

Fecha de publicación: 06-07-19
Por: Raúl de la Horra

Mi interés por comprender la manera de cómo comunicamos aquello que queremos decir ha ocupado buena parte de mi tiempo desde que era chico. Y uno de los tantos descubrimientos de la época de estudiante en Francia, fue mi lectura de los trabajos del antropólogo Gregory Bateson, del MRI-Mental Research Institute de Palo Alto en California (esposo de la famosa antropóloga Margaret Mead), sobre la comunicación entre las diferentes especies y sobre la reveladora teoría del “doble vínculo” o “doble comunicación contradictoria”, que fundó una de las hipótesis más interesantes para explicarnos el origen de la esquizofrenia. Más tarde, en Alemania, tuve el privilegio de conocer y conversar con el heredero y ampliador de esas investigaciones en Palo Alto, el apasionante, simpático y por desgracia prematuramente fallecido, Paul Watzlawick, fundador de una de las tres grandes corrientes mundiales de estudios sobre la psicoterapia familiar, paralelamente a la escuela de Chicago y a la escuela de Milán, las cuales intentan comprender, cada una a su manera, cómo funciona la comunicación o la incomunicación en los sistemas familiares y en los sistemas humanos, y los problemas y patologías a los que ello conduce.

Viene esto a cuento, porque en más de una ocasión, en estas páginas y en otros foros, he dicho que lo determinante en la comunicación no es tanto lo que se dice sino cómo se dice, y es esta una de las gigantescas lagunas que posee nuestra cultura chapina, pues hemos desarrollado históricamente (contrariamente a otras culturas menos traumatizadas y un poco más elaboradas) una enorme dificultad para comunicar ideas y emociones de forma asertiva, es decir, de manera franca, clara y congruente, sobre todo en aquellas situaciones confrontativas que vehiculan cargas importantes de conflictividad. Por ello, solemos enfrascarnos en interminables discusiones y reproches, recurriendo con frecuencia a inservibles métodos agresivos que nos recuerdan que cuando hemos aprendido a usar solamente un martillo, tenemos tendencia a tratar todos los problemas como si fueran clavos.

Iba a ilustrar este punto hablando de la manera torpe y a menudo cómica de cómo en general los grupos y partidos políticos de izquierda –o muchísimos de sus miembros que se dicen o se consideran de izquierda–, a raíz de las pasadas elecciones presidenciales, se acusan unos a otros en las redes, haciendo juicios perentorios y lanzándose descalificaciones, tal y como lo hacen las sectas evangélicas entre sí a través de sus dirigentes y feligreses, para declarar que su propia iglesia o corriente es la más “auténtica”, la “más pura”, la más “radical”, la más “roja”, la más “coherente”, la más “inclaudicable”, la única digna de figurar en el frontispicio de las corrientes ideológicas revolucionarias que podrán salvar al país y al mundo. Pero infortunadamente, no me alcanzará el espacio para ilustrarlo, así que me contento con dejar planteada la inquietud sobre la mesa.

A modo de conclusión, diré que una de los características que tienen los “agitadores” y “vulgarizadores” oficiales u oficiosos de esas iglesias políticas es la de hablar en lenguajes retorcidos y pedantes, saturados de sustantivos y adjetivos que solo los iniciados entienden, de manera que al hacer sus prédicas, lo hacen de forma masturbatoria para sí mismos o para los que ya piensan como ellos, así que el resto de los mortales suele quedarse en la luna, aplaudiéndolos para no parecer tontos, o haciendo esfuerzos titánicos para no dormirse. Al final, como dice el dicho: ¡mucho blablablá y pocas nueces!