Miércoles 17 DE Julio DE 2019
La Columna

Aperitivo en Trieste

EL BOBO DE LA CAJA

 

Fecha de publicación: 05-07-19
Por: Andrés Zepeda lacajaboba@gmail.com

 

Admito, sin una pizca de vergüenza, que hace tan sólo dos años ignoraba qué es un aperitivo y no era capaz de ubicar a Trieste en el mapa. Siempre fui ordinario de hábitos, rústico por convicción, esquivo con los refinamientos. Eso que llaman ’roce’ no es algo que vaya conmigo.

 

Las usanzas fuereñas, además, me valieron un rábano hasta que yo mismo fui alienígena dentro de una nutrida y muy diversa pero estrecha comunidad de expatriados en la capital de Etiopía: armenios, somalís, daneses, portugueses, holandeses, irlandeses, británicos, austriacos, cubanos, suecos, españoles, japoneses, lituanos, belgas, checos, keniatas, franceses, gringos, alemanes, chinos, finlandeses… italianos.

 

“Ey, Andrés; ¡aperitivo el viernes en casa!”, gritó un colega saludando con la mano tras bajar la ventanilla del charnel. Detuve la bicicleta de un frenazo y pregunté a qué horas. “Siete de la tarde”, repuso, y siguió cada quien su rumbo. De inmediato me asaltó la duda: ¿qué rayos es un aperitivo? Fui al diccionario, leí la explicación y al cabo de los días la olvidé, sepultada entre otro montón de cosas sin importancia.

 

Reincidente, la palabreja intervino otra vez a propósito de una excursión que hice el año pasado por la Toscana. “El aperitivo es toda una institución en Italia”, hizo hincapié J, amiga mochilera acostumbradísima a viajar con lo mínimo. “Vos pagás 5 ó 10 ó 15 euros y además de tu trago te podés servir un plato grande de un montón de bandejas. Al final te sale mucho más barato que ir a cenar”. Me acordé entonces de la variedad de quesos y jamones y aceitunas y prosecos y tintos y alipuses digestivos que tuve a disposición en aquella cosmopolita velada etíope.

 

Semanas después, ya en la campiña ondulante, bucólica, tupida de parrales y olivos, brincando de pueblito en pueblito resentí los precios por las nubes y (al menos, en parte) pude sortearlos gracias a los buenos consejos de mi amiga. Rememoré con picardía aquellos tiempos postadolescentes en que, con un clan de amigotes bohemios sin oficio ni beneficio, solíamos llegar en punto a las inauguraciones de las expos para atragantarnos de vinos y boquitas.

 

De viaje una vez más, el mes pasado con mi esposa recalamos en Eslovenia. “¿Por qué no aprovechan y van a Trieste?”, nos sugirió Carlos, guatemalteco radicado en Viena. “Ahí van a encontrar los únicos aperitivos decentes que hay en esta región”, aseguró Pascual, mexicano residente en Liubliana. Esa misma tarde tomamos el bus. En dos horas y media estábamos llegando.

 

Testigo de glorias de antaño pero hoy alicaída, casi moribunda, Trieste es una ciudad enorme y fantasmagórica, de intensidad apocada y semblante marchito. Sede de la Aseguradora General y de la industria de tostado Illy, su puerto fue construido por el imperio austrohúngaro para acceder al comercio en el Mediterráneo y, de esa suerte, llegó a convertirse en la principal vía para el café de exportación hacia Europa. Más adelante las guerras yugoslavas trajeron el éxodo de aristócratas y oligarcas que huían de los Balcanes. “Es un nido de fascistas”, nos había advertido Pascual, el mexicano.

 

Los edificios son amplios, imponentes, capaces de ocupar la cuadra entera, no obstante lo cual lucen vetustos, como si nadie más los habitara ya. La plaza central fue lo que más llamó nuestra atención, con uno de sus lados –cosa curiosa– dando de frente al ancho mar.

 

Brindamos a la hora del aperitivo, claro está, y en silencio reí pensando en la dicha de gozar lo que nunca se ha deseado.