Jueves 1 DE Octubre DE 2020
La Columna

Cruzar el Suchiate

Lado b

Fecha de publicación: 25-06-19
Por: Luis Aceituno

A principios de los años noventa realicé el único recorrido que he hecho por tierra entre la Ciudad de Guatemala y la Ciudad de México. Acompañaba a una amiga que no quería hacer el viaje sola y que me enganchó en una aventura ya, en esa época, a todas luces insensata. Pero, bueno, yo tenía 30 años menos, estaba acostumbrando a recorrer grandes distancias en autobús, en donde lo único a temer era el aburrimiento, y desde siempre había querido hacer esa ruta que muchos compatriotas míos habían emprendido tratando de salvar la vida durante la represión y el conflicto armado. Era la época en la que aún ibas al DF –todavía se llamaba así– a buscar teatros y librerías, oxigenación cultural, vida civilizada. Yo venía de pasar una década de exilio más allá del trópico y aún me estaba aclimatando a las nuevas realidades. Como todo el mundo, tenía una serie de parientes que habían emigrado, legal o ilegalmente, en los años setenta a Estados Unidos y había leído algunas cosas sobre los “espaldas mojadas”, pero no conocía nada sobre la verdadera realidad del asunto. Ese viaje en bus, que llegó a tornarse inquietante, me hizo comprender de manera cruda lo que estaba ocurriendo: cientos de centroamericanos que lo arriesgaban todo por llegar a eso que se conocía como “el otro lado”, que huían del hambre, la violencia, la marginación, la pobreza…

Lo que más recuerdo es la oscuridad en la que nos movíamos; los guardias, los soldados, los policías; las linternas que nos alumbraban el rostro para averiguar nuestra condición; el llanto de tres mujeres salvadoreñas que en cuestión de cien kilómetros perdieron lo poco que poseían: la chumpa, el dinero, la mochila; los abusos hacia quienes no podían defenderse; los camiones en donde amontonaban como reses a los indocumentados; las preguntas insistentes y groseras que te hacían en los retenes. El profundo desamparo que fue adueñándose de todos nosotros, pasajeros de la noche hacia un destino incierto; el sabor que te deja en la lengua el café ralo; la desolación absoluta de los comedores de carretera; las miradas que indagan y amenazan; el miedo que se instala en la boca del estómago; el frío intenso de la madrugada; los rostros pálidos y aterrados que se dibujan con la primera claridad de la mañana; la derrota y el hastío; el pasaporte apretado al pecho, para sentir que para vos aún hay salvación posible…

Mi amiga y yo éramos solo testigos de algo que empezaba a parecerse demasiado al horror. Esa caravana infinita de la que todos hablan ahora, no hacía más que comenzar y en medio de todo ese aire enrarecido, aún podía respirarse cierta esperanza. Gente que te mostraba fotos de parientes que los esperaban, junto al árbol de Navidad y rodeados de niños gordos e inmensos; historias sórdidas que se iban dejando atrás y sueños de alcanzar la otra realidad, la de la luz, el dinero y la abundancia.

Miro fotos de gente atravesando el Suchiate. Algunos podrían ser los hijos o los nietos de quienes me acompañaban en aquella travesía. Ahora son miles y miles. Pareciera que huyen de la guerra y la catástrofe. Nada ha cambiado. La misma desolación, el mismo desamparo. La misma sed, la misma hambre.