Lunes 25 DE Mayo DE 2020
La Columna

Las importancia de los personajes

Viaje al centro de los libros.

Fecha de publicación: 18-06-19
Por: Méndez Vides

Las obras literarias que trascienden su tiempo e identidad del autor contienen personajes emblema que permanecen y mudan con la humanidad. Personajes imaginarios o reales que luego pasan como motivo al imaginario infantil, tal cual Aladino o Simbad de Las mil y una noches, o el monstruo del doctor Frankenstein imaginado por Mary Shelley en una noche de retos literarios, o el doctor Jekyll y Mr. Hyde de Stevenson, o el Quijote de Cervantes, o los hermanos Hunahpú e Ixbalanqué en el Popol Vuh. La literatura contiene personajes inolvidables, que se convierten en referencia, como María del colombiano Jorge Isaac, o el inolvidable Señor Presidente, expresión del poder oscuro y solitario, o el trágico Goyo Yic, resignado a soñar su desventura como un chapín común y corriente en Hombres de maíz, de Miguel Ángel Asturias. O recordemos al hombre que parecía un caballo de Arévalo Martínez.

Saramago quizá no hubiera alcanzado la fama que tuvo en vida de no ser por la invención del Ricardo Reis, materialización del heterónimo de Pessoa, ni Dostoievski hubiera perdurado sin la fuerza del estudiante Raskólnikov de Crimen y castigo.

La literatura francesa tiene a Jean Valjean, de Los miserables, o al Conde de Montecristo de Dumas, o a Madame Bovary de Flaubert.

Es la fuerza de los grandes personajes lo que seduce y se graba en la memoria de los lectores. El autor desaparece, como anónimo o simple referencia de propiedad temporal, porque lo que vale es lo creado. Las novelas que se construyen sobre situaciones o escenas disgregadas, tienen más difícil la tarea de perdurar. Hace falta Aquiles para que la Ilíada se continúe leyendo con fascinación, o Fausto, o Hamlet. Novelistas como Benito Pérez Galdós fue un creador de personajes que alimentaron el cine de Buñuel, con Viridiana o Nazarín.

Eduardo Halfon, novelista local, logró calar con el boxeador polaco, porque al relatar la historia que escuchó de niño, logró interpretar una imagen vívida que hoy se traduce a variedad de lenguas.

Y una obra traspasa todo lo imaginado cuando además de inventarse al personaje, se plantea otra realidad, como ese continente que García Márquez bautizó como Macondo.