Miércoles 18 DE Septiembre DE 2019
La Columna

Bacinicas de peltre

SOBREMESA

Fecha de publicación: 10-06-19
Por: María Elena Schlesinger

Las bacinicas de peltre eran objetos muy comunes en mi casa, y cada noche, por arte de magia, aparecía una debajo de nuestras camas, limpiecita y reluciente, con olor fuerte a amoniaco, a la espera de nuestras deposiciones líquidas nocturnas.

Eran personales como el cepillo dental. Cada quien tenía la suya, por cuestiones de higiene, imagino, y las había de diferentes tamaños y colores, la mayoría de esmalte blanco lustroso, con orillitas negras, azules, verdes o rojas y, otra, única, de color rosado profundo, de gran tamaño, la de mi padre, la cual habían comprado en un almacén de chinos por la Concordia.

Eran objetos tan familiares que se les llamaba con mucho cariño, “nicas” y en nuestra casa se utilizaban porque había un solo baño para suplir las necesidades de nueve personas, incluyendo mi tía Lucita quien vivía con nosotros y tenía su dormitorio bastante alejado del resto de la familia.

Las bacinicas se utilizaron en la ciudad de Guatemala de manera regular desde los tiempos republicanos, porque en las casonas de antes no existían los cuartos de baño para el aseo diario de las personas y menos aún, los sanitarios, dispuestos en espacios cerrados e íntimos. Lo común era el uso de las letrinas, dispuestas en algún lugar escondido del segundo o tercer patio, o en el huerto para que la pestilencia no llegara a la casa.

Se decía respetuosamente, “discúlpenme un momentito, voy a ir allá adentro”, eufemismo utilizado aún hasta nuestros días, para decir “voy a ir al baño,” (letrina o inodoro), ya que se ubicaban “adentro” alejado del área social o de los dormitorios de la casa.

En mi casa había un cuarto de baño en el segundo piso, muy amplio y muy bien iluminado. Los azulejos eran cuadrados y grandes y el único adorno era una franja más delgada de azulejos color vino tinto. Tenía dos closets, uno en donde guardaban los ponchos de Momostenango, sábanas y las toallas, además del pequeño botiquín de madera con llave con los ungüentos, pomos y tinturas, como la tintura de yodo, antiséptico que se aplicaba por gotas directamente en la herida con la bolita de vidrio que remataba el dispositivo interior de pequeño frasquito.

El otro clóset era más pequeño y guardaba el arsenal de torturas de mi madre: el equipo completo para aplicar lavados, escupideras, patos, palanganas y picheles, equipo médico casero de peltre que mi madre utilizaba para aliviar a sus enfermos con maestría de enfermera graduada, según su buen ojo de experta facultativa y madre de seis.

Allí, en ese pequeño cubículo, estaba el estante de las nicas, dispuesto para que pasaran el día ya limpias y olorosas, dispuestas siempre para cumplir a cabalidad sus importantes funciones
nocturnas.