Domingo 16 DE Junio DE 2019
La Columna

No + tiempos de Ubico

EL BOBO DE LA CAJA

Fecha de publicación: 07-06-19
Por: Andrés Zepeda lacajaboba@gmail.com

Concluyo acá la serie que he venido ofreciendo con la intención de evidenciar las similitudes entre el horizonte político actual (palpable en el discurso de ciertos candidatos a la presidencia) y el lastre tiránico que llevamos a cuestas. Nuestra historia, tan dolorosa, lo es más porque no hemos aprendido de ella.

 

Los delirios de grandeza que caracterizaban a Jorge Ubico eran proporcionales a su estrechez de miras. Numerosos testimonios de la época retratan al dictador como alguien que desconfiaba de todo cambio. La suya –aseguran– era una Guatemala anclada en el pasado, a tal extremo que se oponía al desarrollo industrial… ¡por temor a que las fábricas acabaran convirtiéndose en un semillero de comunistas!

 

Un informe de inteligencia estadounidense señala que, después de asumir como jefe de Estado, Ubico “se convirtió en el mayor terrateniente privado de Guatemala, a pesar de su muy publicitada campaña de honestidad en el gobierno” y que “compró muchas propiedades a un precio fijado por él mismo”. Más aún, en 1940 aceptó de buen agrado un regalo de 200 mil dólares que le hizo servilmente el Congreso. Noventa personas fueron encarceladas por criticar el flagrante aguinaldo.

 

A petición de Washington, Ubico tomó acciones contra la comunidad alemana en el país, integrada por alrededor de 6 mil personas que antes habían apoyado lealmente al dictador. La totalidad de las fincas cafetaleras pertenecientes a este grupo fueron expropiadas en junio de 1944.

 

De otra parte, el trato obsequioso que el déspota mostró con las compañías norteamericanas fue, por decir lo menos, pusilánime al consentir los inmensos privilegios monopólicos que éstas venían disfrutando desde tiempos de Estrada Cabrera. Al respecto, el investigador P. Gleijeses consigna a modo de ejemplo el siguiente botón:

 

Un contrato firmado en 1930 obligaba a la United Fruit Company (UFCO) a construir un puerto en Tiquisate a cambio de la concesión de 200 mil hectáreas de tierra en esa zona costera del Pacífico. Para la élite latifundista nacional el proyecto hubiera supuesto una reducción significativa en sus costos de exportación, toda vez que el café de las fincas ubicadas en el sur dejaría de transportarse hasta Puerto Barrios –absurdo logístico y económico del que la International Railways of Central America (IRCA) obtuvo jugosas ganancias.

 

En cambio, las dos corporaciones llegaron a un “acuerdo amistoso” por medio del cual la UFCO, que poseía ya una tajada de la IRCA, compró acciones hasta elevar su participación total a más del 40 por ciento, comprometiéndose además a no construir el puerto. De tal suerte, los bananos y el café destinados a ultramar continuaron transportándose como hasta entonces, por la vía del Caribe, con una llamativa salvedad: la IRCA premiaría a la UFCO cobrándole el servicio de flete a menos de la mitad del precio normal.

 

Huelga decir que el convenio entre ambos gigantes fue posible sólo gracias a la tolerancia del sátrapa Ubico, quien poco después cayó depuesto a traición de las mismas fuerzas que lo llevaron al poder: la clase media lo odiaba de lleno, la clase alta se puso en su contra, en la capital los pobres se insubordinaron pacíficamente junto a los maestros y estudiantes; cerraron sus puertas todas las tiendas y negocios, las gasolineras y las oficinas de prensa. Estados Unidos se limitó discretamente a no intervenir.