Sábado 15 DE Junio DE 2019
La Columna

Volver a los tiempos de Ubico

EL BOBO DE LA CAJA

Fecha de publicación: 24-05-19
Por: Andrés Zepedalacajaboba@gmail.com

Algunos lectores recordarán a Marina, la exprostituta que cantaba boleros en el documental Estrellas de La Línea. Quienes aún no hayan visto la película pueden conseguirla pirateada. Es de esas que no lo dejan a uno indiferente.

 

Marina y yo nos hicimos bien cuates. Mañosa y traviesa, astuta y veterana, sus anécdotas no tenían desperdicio. Sus consejos tampoco. “Mijo, hay que ser coche entre los coches y gente entre la gente”, retrucó de malas pulgas cierta vez. Es la mejor lección de realpolitik que he recibido.

 

Y es que, habiéndose curtido en los arrabales, su manera de entender la justicia era directa, contundente, retaliativa. Por supuesto, añoraba aquella época, dorada por la mentirosa nostalgia, previa a todas sus desgracias. “En tiempos de Ubico”, le escuché sermonear en una ocasión, con el dedo índice hacia arriba, “no había robos ni violencia ni peligro de andar en la calle porque él sí, mirá; delincuente visto, delincuente muerto”.

 

En vano le recordé que si algo debía despreocuparle era la delincuencia, ya que de entre el montón de mareros que pululaban en el barranco donde vivía, todos ellos la estimaban y respetaban a más no poder. “Es al revés, Marina”, intervine: “Ese cerote se fajó para que él y los suyos conservaran lujos que a vos te negaron siempre, por considerar que pertenecés a una categoría inferior”.

 

Un agregado naval estadounidense reportaba que el control militar de Jorge Ubico se extendía “sobre la vida cotidiana y sobre todos los pensamientos y las acciones del pueblo de Guatemala”. De los 80 generales que infestaban el Ejército, aquellos sin ocupar cargos en la burocracia estatal se reunían cada mañana en la antesala del dictador poniéndose a sus órdenes. “Odiados por sus propios oficiales, los generales de Ubico eran célebres por su ignorancia, incompetencia y crueldad”, sostiene el investigador P. Gleijeses.

 

Casi todos los soldados eran indios reclutados por la fuerza. Ubico explicaba que el servicio militar era instructivo para ellos: “Cuando llegan son toscos y embrutecidos; cuando salen, ya no son como asnos, tienen buenos modales y están mejor equipados para enfrentar la vida”. Sin embargo, esa vida en los cuarteles –observa Gleijeses– no era distinta a la rutina impuesta en las fincas: “despreciados y ganando una miseria, dormían en el suelo, comían muy mal, usaban uniformes andrajosos y sucios y eran azotados sin compasión a la menor falta”.

 

Los oficiales “eran autómatas, prestos a obedecer todas las órdenes, y se abstenían de toda iniciativa”. El código militar era draconiano y castigaba con pena de muerte casi cualquier transgresión. Había orejas por todas partes. La carrera de las armas era tenida como una de las poquísimas maneras de ascenso económico para el hombre de a pie, aunque en realidad “la plétora de generales y coroneles impedía toda promoción posible”.

 

“Padecíamos no solamente la omnímoda voluntad del dictador”, recuerda un antiguo funcionario, “sino también a los numerosos ‘pequeños Ubicos’ que lo imitaban al cumplir sus órdenes: el jefe de la policía, los gobernadores de los departamentos, los jefes de la policía local y cientos más. Al principio de la dictadura me percaté de los asesinatos cometidos por la policía rural, obligada a sentar precedentes para evitar la ira del Hombre”.

 

No está sola Marina en su descabellado anhelo ubiquista. Hay un paso a desnivel que lleva su nombre. Hay tambores evocando un pasado de mano dura, tolerancia cero y represión unilateral. O se rinden o se mueren, es la orden.

 

A otros ni siquiera les advierten. Nomás reciben plomo.