Domingo 26 DE Mayo DE 2019
La Columna

La imbecilidad sin límites

follarismos

Fecha de publicación: 11-05-19

Que somos un país de deficiencias sociales múltiples que nos convierten a todos, de alguna manera, en deficientes mentales ineptos para muchas cosas, sobre todo para pensar, pero también para no actuar y para protestar, qué duda cabe. Sin embargo, eso no nos impide figurar en la foto como una de las democracias occidentales del capitalismo y un bastión clave de la fe cristiana, donde los sectores más retardados de la sociedad, a través de sus diputados a sueldo, se agitan hoy en día como serpientes en celo para legislar los derechos de los non-natos o no nacidos, importándoles tres pepinos los derechos de los nacidos. O sea, la imbecilidad elevada a las alturas de la décima potencia, allí donde el nombre de Guatemala brilla desde hace muchos años con letras de oro en la historia de la idiotez universal.

Uno de los puntos centrales de esa legislación consiste en aumentar la penalización ya existente en nuestro país de las mujeres que, por una razón u otra, interrumpen el desarrollo del embrión humano. La ley pretende así considerar el acto del aborto –como ya lo hace desde siempre, bajo la influencia de la iglesia católica y de las iglesias evangélicas– como una variante de asesinato contra una entidad biológica que es considerada física, psicológica, moral y legalmente, como una persona humana, o sea, como un sujeto de derecho. Situación delicada y polémica, porque la noción de “persona humana” y la idea de que alguien pueda ser “sujeto de derecho”, conlleva consideraciones complejas de tipo filosófico, histórico, social y jurídico que no son susceptibles de ser resueltas de un plumazo como pretenden los legisladores, sobre todo cuando se trata de analfabetas funcionales afectados, además, de ignorancia crónica, de hipocresía severa, de ilegitimidad moral y de talibanismo religioso.

¿Serán conscientes los ilustres “representantes del pueblo”, que habría entonces que construir en Guatemala, cada año (óigase bien: ¡cada año!) una prisión con capacidad para un mínimo de 65 mil mujeres, que es la suma promedio anual que hay de abortos en el país, puesto que las mujeres siguen haciéndose abortos aunque esté prohibido y sea penado por la ley, simplemente porque el problema no se resuelve ni se resolverá jamás con medidas punitivas, sino con una política económica y educativa de Estado a largo plazo? Sin embargo, para buen número de esos iluminados personajes del Congreso –como para la mayoría de las capas mentalmente más limitadas del país–, los problemas humanos se resuelven con castigos, ya sea a machetazos o a balazos, o metiendo presas a las personas, pues se trata de una concepción pedagógica que nos viene inspirada directamente de esa gran fuente de salud, democracia y equilibrio social que son los Estados Unidos, el país del mundo que más personas tiene pudriéndose en prisiones, en relación a la población total. La visión es dantesca: una prisión para 65 mil abortadoras cada año, en ocho años, tendríamos en Guatemala un bello complejo de prisiones para no menos de medio millón de mujeres, lo que significaría otro importante récord mundial en nuestro haber.

No, señoras y señores, el problema individual y social del aborto no se resolverá de esa manera (¡óiganme a mí, tratando ahora de hablarle a las piedras, a las nubes y a los diputados!), no señores. ¿Qué más puedo decirles? ¿Sirve de algo? Anda, pues, diputadito, levanta tu mano y vota esa maldita ley mientras tu hija o nieta, a escondidas, se va a México a hacerse un aborto o se toma, sin decírtelo, una de esas famosas pastillas que le permitirán mañana, libre y virginal, radiante y vestida de blanco, casarse como debe ser, es decir, como la madre patria y el mismísimo Dios lo mandan.