Domingo 26 DE Mayo DE 2019
La Columna

Orígenes de la histeria anticomunista

Va EL BOBO DE LA CAJA

Fecha de publicación: 10-05-19

El 22 de enero de 1932 estalló en El Salvador una sublevación campesina. El gobierno la reprimió rápidamente masacrando entre 10 mil y 30 mil opositores. ( Nótese la dispersión en el cálculo: como si 20 mil personas de más o de menos no supusieran una diferencia considerable; como si un recuento más preciso de pérdidas humanas fuera innecesario por tratarse de gente sencilla, insignificantes donnadies en condiciones extremas de pobreza ). Eso dicen los documentos de la época.

 

La noticia estremeció de miedo a las clases altas guatemaltecas: ¿quién las defendería en caso de un levantamiento similar en el país? El presidente Jorge Ubico anunció “una de las operaciones más efectivas y provechosas llevada a cabo en las Américas desde la llegada de los conquistadores”, a fin de evitar una asonada bolchevique.

 

Cientos de personas fueron arrestadas. La policía reveló que, en una casa, “la cocinera, el chofer, una sirvienta y un jardinero se habían unido a los comunistas; estaban listos para traicionar a sus amos violando, asesinando y robando el día del alzamiento”. Se expuso así “la naturaleza satánica” de los líderes rojos. Hubo rumores de que su comisario local predicaba “la matanza primero y la total redistribución de la propiedad después, incluyendo –para satisfacer las necesidades biológicas de la especie– a todas las mujeres entre los 8 y los 30 años de edad, condenando a las más viejas a morir en la hoguera”. Hoy sería fácil demostrar que son fake news. Demagogia vulgar. Propaganda delirante. Populismo de derechas. Pero la artimaña fue exitosa: a partir de entonces la Patria del Criollo sucumbió a la paranoia anticomunista. Casi 90 años después los síntomas persisten todavía.

 

No hubo, en realidad, conspiración alguna. El Partido Comunista de Guatemala era mucho más débil que su homólogo salvadoreño. El desafío medular, casi único, era sobrevivir políticamente. Nadie en su seno pensaba en sublevarse. Ubico, célebre por sus métodos poco sutiles (e inquieto tal vez por el hecho de ser un notable latifundista), optó sin embargo por aplastar al joven movimiento obrero y al pequeño partido, cuyos dirigentes fueron en su mayoría detenidos y torturados por las fuerzas del orden.

 

J. Ubico había ganado los comicios de 1931, en una elección presidencial que lo postuló como único candidato. Contó con el apoyo de las élites vernáculas y de la Embajada norteamericana. Utilizó mano de obra indígena no remunerada para construir carreteras e hizo levantar varios edificios públicos recurriendo a los presidiarios, cuyo número aumentaba con las redadas en los barrios pobres donde se arrestaba a los borrachos y buscapleitos. A los reos, por supuesto, tampoco les pagó.

 

Recién estrenado como mandatario, en marzo de 1931 ordenó el arresto de los líderes trabajadores de Novella & Compañía (la fábrica de cemento más grande de América Central) que habían declarado paro en protesta contra una reducción salarial. Las palabras sindicato, huelga, derechos laborales y pliego de demandas quedaron proscritas. Quienes se atrevían a usarlas eran de inmediato tildados de comunistas.

 

Once años después, en 1942, encumbrado aún en el poder intervino cuando el Ejército de los Estados Unidos (que estaba construyendo bases militares en suelo chapín) trató de pagarles a sus trabajadores jornales superiores al salario establecido de 25 centavos diarios. Asqueado por la connotación subversiva de la palabra, Ubico decretó que ya no habría obreros. De ahí en adelante todos pasaron a ser empleados.

 

Y pensar que algunos de nuestros actuales gobernantes (y sus probables sucesores) lo admiran, y hasta lo añoran…

 

–Con información de P. Gelijeses: Shattered hope (1991).