Domingo 26 DE Mayo DE 2019
La Columna

Volver a don José Milla y Vidaurre

Fecha de publicación: 30-04-19

La razón principal por la dediqué a don José Milla y Vidaurre mi discurso de entrada a la Academia Guatemalteca de la Lengua es porque quería saldar cuentas con él, volver a las raíces y comprender qué me conectaba con un escritor que en muchos sentidos representaba una visión del país y de la literatura que toda mi vida había rechazado: el nacionalismo pintoresco, el pasado colonial, el conservadurismo, la relación con el poder… Sin embargo, tengo que reconocer, que Milla se encuentra asimismo en el origen de mucho de lo que soy, comenzando por mi pasión por la lectura. Corría la primera mitad de los años sesenta, yo tenía cuatro o cinco años, quizás menos, y era un absoluto analfabeta. Mi abuela Raquel, supongo que para no perderse en sus disquisiciones interiores, me contaba fragmentos de Los Nazarenos y de La hija del Adelantado que yo seguía con interés y trataba de reconstruir en mi cabeza. Ella era una gran lectora de melodramas decimonónicos, entre más escabrosos mejor, y fue así que tuve noticia de tipos como el Conde de Montecristo y de todas las huerfanitas que han atravesado las letras universales. Todo esto hasta que llegaron las telenovelas.

Por supuesto, a mi me hubiera encantado tener orígenes más nobles, literariamente hablando. Que mi abuela me hubiera contando Hombres de maíz de Asturias o La montaña mágica de Thomas Mann. Pero como ella misma sentenciaba, no se puede tener a la vez el pan y la mantequilla. Y Milla, no se puede negar, era entretenido y además bastante divertido. Uno se enganchaba muy fácil en sus historias y podía divagar reconstruyendo a su manera los escenarios y siendo partícipe de pasiones más bien truculentas. Luego vino la seño Esperanza Catalán, mi maestra de primer año y propietaria del Constancio C. Vigil, y las lecturas en voz alta. La última hora de la mañana, siempre la dedicábamos a leer fragmentos de obras que ella consideraba importantes para nuestra formación. Ahí Milla reinaba buena parte del año. Ahí fue mi primer contacto también con Los cuadros de costumbres, que muchas veces volvieron esa hora de lectura deliciosa. Y a pesar de que, ya en la adolescencia, don José se convirtió para mí en un escritor a ratos detestable, siempre le guardé especial estima a estas historias en apariencia ligeras, cuyo principal objetivo era que pudiéramos reírnos de nosotros mismos.

A José Milla lo salvó el sentido del humor y fue por ahí que nos fuimos reconciliando y que lo redescubrí como un escritor en verdad importante. Mi gran reencuentro con él fue la lectura de Un viaje al otro mundo, pasando por otras partes, una obra en verdad magnífica y el más desdeñado de sus libros. Ahí Milla es un novelista y un periodista fuera de serie, capaz de adelantarnos el futuro e introducirnos en una discusión que, casi dos siglos después, continúa siendo central para nosotros: la identidad, la independencia, la modernidad, la democracia. ¿Cómo empujar un país como el nuestro hacia lo universal? ¿Cómo dirigirnos hacia el progreso por medio de las ideas, la inteligencia y el conocimiento y no por la barbarie, la imbecilidad y las armas? Huelga decir que la lectura de sus casi 1,500 páginas, tendría que ser obligatoria para todo aquel que pretenda gobernarnos.