Sábado 24 DE Agosto DE 2019
La Columna

La monja alférez

Viaje al centro de los libros.

Fecha de publicación: 23-04-19
Por: Méndez Vides

En 1847 apareció publicado el ensayo de Thomas De Quincey sobre Catalina de Erauso, La monja militar española, que en la traducción apareció posteriormente como La monja alférez. Un relato extraordinario donde el autor aplicó su destreza para narrar imaginativamente los hechos históricos, dándoles vida, incluyendo datos emocionales imposibles de prever o encontrar en la autobiografía del personaje, o en los libros que relataron su historia de aventuras por España y América, su viaje a Perú y Chile, y su paso por los Andes nevados.

De Quincey se propuso llevar a Inglaterra las ideas y avances que producía el Continente. Se informó y leyó las memorias de Catalina, las investigaciones eclesiásticas, las narraciones francesas, y recontó los hechos con ingenio y agudeza literaria, poética, para elevar el relato histórico más allá de su fugacidad. Es decir, dotó de forma bella al contenido legendario, y llevó el hecho particular a la esencia.

 

El autor se planta como otro protagonista desde la primera línea, cuando se pregunta: “¿A qué se deberá que las aventuras suelen resultar odiosas a las personas reflexivas? Pues a la misma razón por la que cualquier caos, cualquier anarquía, les resulta odiosa”. Y explica que para el común racional las aventuras hacen sentir dormido al espíritu, porque aparentemente no actúa, sino los órganos inferiores, y los fines resultan como predeterminados. Mientras defiende el mérito del coraje y temperamento extraordinario de quien logra superar los accidentes que le impone la vida, como fue el caso de ser abandonada de bebé en un convento porque nació mujer, y su huida vestida de hombre adolescente para recorrer los caminos a salvo, superar el reencuentro con el padre que la impulsa a viajar a América para evitar ser atrapada y devuelta a su destino monacal, la experiencia del naufragio en las costas del Perú, y su fuga de la mujer poderosa enamorada antes de que se descubriera en el lecho nupcial su verdadera condición. Una vida de huidas y naufragios, donde en un duelo mata a ciegas, con la espada, a su propio hermano, lo que la mueve a fugarse cruzando los Andes.

El autor arrogante, presume y reta al lector justificando los errores de la protagonista: “No, alto; eso no es cortés por mi parte. Tú, lector, lo sé, eres un santo; yo no lo soy, aunque esté muy cerca”.