Domingo 20 DE Octubre DE 2019
La Columna

Musica de Viernes Santo

SOBREMESA

Fecha de publicación: 25-03-19
Por: María Elena Schlesinger

Durante la Semana Santa, los ruidos cotidianos del centro se iban apagando poco a poco conforme pasaban los días, hasta llegar al Jueves y Viernes Santo, cuando la ciudad se quedaba vacía y silenciosa.

En casa, la Semana Santa se vivía con austeridad franciscana. Rezábamos el viacrucis por las tardes, y el jueves, la visita a los siete sagrarios era obligatoria: el vaho caliente de las candelas encendidas; las azucenas marchitándose poquito a poco; los ángeles inmóviles deteniendo los cortinajes, y en medio de la escena, el cordero pascual ensangrentado: “Viva Jesús sacramentado” decía mi madre, quien llevaba la voz cantante durante la peregrinación de altares “por siempre”, repetíamos todos entre el asombro y el miedo.

Ese día, mi padre prohibía ver la televisión u oír música en la radio, y nos mandaba a rezar o permanecer callados y se retiraba a una habitación a meditar sobre los tormentos de Cristo. El almuerzo era siempre la mejor parte del día, pues para los más chicos nunca faltaron las empanadas horneadas rellenas de manjar de leche, el fresco de carambola o los molletes en dulce.

Mi padre comía poco y no probaba el postre. Cumplía, con escrupulosa disciplina, las normas que dictaba la Iglesia, con largos ayunos y comidas frugales de pajarito, como ermitaño carmelita.

Media hora antes de las tres de la tarde, daba por terminado el almuerzo, y con sombrero en mano, salía con su escapulario franciscano puesto alrededor del cuello a los oficios del descendimiento en la iglesia de San Francisco.

La Ciudad de Guatemala enmudecía a las tres de la tarde. No pasaban autos, ni personas en las calles y hasta los zopes se escondían en los barrancos.

El toque de matracas comenzaba a las tres en punto de la tarde. Golpes secos y duros, como sopapos o chicotazos, los que asustaban a las palomas recordando que Jesucristo había fallecido en el Calvario para redimir los pecados del mundo: “por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa”.

Desde mi atalaya del segundo piso, escuchaba las primeras notas de las bandas de los cortejos procesionales: al Poniente, el de la Recolección y al Oriente el de Santo Domingo.

“Ya viene la procesión, ya viene la procesión”, corría, bajando las gradas, a avisarle a la concurrencia de rezadoras congregadas en la sala que las procesiones ya habían salido de sus templos y que el incienso ya se sentía hasta en el patio de las azaleas. Nadie se movían de las poltronas y sillones, porque a quien le gustaban las procesiones era solamente a mi papá.

Me recuerdo aún, verme sentada en la silla de brazos de madera del zaguán de la entrada, la que mi madre llamaba “la silla de los cobradores”, esperando inquieta, moviendo mis pies encalcetados con zapatos de trabitas y de charol, el regreso de mi padre para llevarme a ver la procesión.

Cada Viernes Santo, un diluvio de años después, conservo la costumbre de rezar el Credo a las tres en punto de la tarde. El postre del día sigue siendo las empanadas de manjar de leche con canela, y cada vez que veo pasar una procesión de Jesús Yacente, aparece mi padre por arte de magia, el asceta, el hombre de fe, el rezador de las mil y una Aves María, vestido de traje completo, de rodillas en la acera y yo a su lado, conmovidos ambos por el paso magistral y luminoso de la procesión.

mariaelenaschlesinger@gmail.com