Jueves 18 DE Abril DE 2019
La Columna

Partidos sin líderes y sin programa

follarismos

— Raúl de la Horra

“Érase un cuchillo sin hoja al que le faltaba el mango”, es el aforismo quizá más famoso de Georg Christoph Lichtenberg, uno de los pensadores alemanes esenciales del siglo XVIII. Siempre que me acuerdo de esta enigmática frase, no puedo dejar de pensar en su equivalente tropical que podría ser: “Érase un montón de partidos políticos sin programa, a los que les faltaban líderes”, lo que produce en la mente un vacío metafísico similar. Y es que Guatemala es uno de los pocos países en el mundo en los que se puede lograr la triple hazaña de que se creen partidos políticos que no tienen líder, que no tienen programa, y que encima, puedan inscribirse en el Tribunal Electoral. Se trata, me parece, de surrealismo puro, como suele ser casi todo por aquí.

El año pasado, una amiga me contó que había sido contactada para formar parte de un movimiento que aspiraba a constituirse en partido político con vistas a participar en las elecciones de este año. Me preguntó si debía aceptar, si podía aconsejarla. Le dije que lo primero que tenía que hacer era leer el programa bajo el cual pretendían constituirse como partido para conocer los objetivos que perseguían y los medios con que contaban para alcanzarlos, y que solo así podría hacerse una idea de si valía o no la pena colaborar con ellos. Pues me quedé de una sola pieza cuando pocos días después me informó que ese grupo político no tenía todavía un programa o plan de gobierno, que eso era un trámite que solía hacerse a posteriori, y que tampoco estaba del todo claro quién sería el director oficial del partido. ¡Paro mi asombro, resultó que todos los partidos inscritos en Guatemala (todos excepto uno, uno solo, el del MLP, de Codeca) carecen todavía de plan o de proyecto de trabajo sobre lo que quieren hacer y cómo, cuando faltan solo tres meses para las elecciones!

Vean ustedes mi ingenuidad: les juro que yo ignoraba que los partidos por lo general en Guatemala no tienen diseñado un programa de gobierno, y que ello ni siquiera es requisito para participar en la contienda. Y bueno, que los tipos o las tipas nombradas o que se autonombran (eso de “autonombrarse” parece estar de moda hoy en día) como dirigentes de esos partidos, o como candidatos a la presidencia, suelen ser gente bastante mediocre, o bien paquidermos y paquidermas de la era del Pleistoceno, cuyas ambiciones políticas son tan inmensas y repetitivas como su incultura y su cinismo. Y luego los ves o las ves hablando en la televisión repitiendo eslóganes y estereotipos, expresándose como predicadores religiosos, pastorcillos de juguete drogados con las doctrinas del positivismo y del optimismo, tecnócratas de la buena voluntad, mercachifles de la ilusión, comisarios de la doble moral, demagogos o demagogas sin carisma que prometen el oro y el moro repitiendo las pendejadas de siempre, y los escuchas y te das cuenta de que son analfabetos y analfabetas funcionales, personajes de una superficialidad y banalidad escalofriantes, y casi te da la impresión de estar escuchando a parientes o a parientas cercanos, a miembros de tu propia familia, y te dan ganas de salir corriendo, de saltarte la barda, de irte y de no regresar jamás. Pero no te atreves.

En fin, ayer se cumplieron cuarenta años del cobarde asesinato del último líder revolucionario y democrático del país, Manuel Colom Argueta, un ser excepcional que prefiguraba esa otra Guatemala posible y soñada que quedó tirada y olvidada en el camino por obra y gracia del Cacif y de los militares. Un señor que sabía comunicar, y que cuando lo hacía, era como si te hubieras comido un pedazo de mazapán, te salían alas y abrazabas el futuro. Era la época en que había líderes, existían ideas y los cuchillos todavía tenían hojas y mangos.

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