Martes 23 DE Julio DE 2019
La Columna

Metáfora fallida de un fallido país

EL BOBO DE LA CAJA

Fecha de publicación: 22-03-19
Por: Andrés Zepeda lacajaboba@gmail.com

Los apegos familiares, que llegando a cierta edad calan más fuerte, me llevaron de regreso a Guatemala. Una semana. Pernocté en el cuartito contiguo a la casa donde vive un hermano, vecino asimismo de mis viejos, sobre la ruta que va de la capital a San Juan Sacatepéquez, poco más arriba del viraje al club La Montaña. Fue a finales de febrero.

 

El 1 de marzo, viernes, me tocó salir de madrugada y atender compromisos adquiridos desde primerísima hora. Para evitarme el jaleo y las apretazones del bus aproveché jalón de mi hermano. “A las cinco de la mañana te quiero listo”, advirtió.

 

Partimos con unos minutos de retraso. Eran las 5:15 y al salir las colas ya llegaban hasta ahí, a 20 kilómetros del centro. “Normal”, explica él, ojeroso y resignado. “Así se está hasta las siete, siete y pico. A las ocho disminuye un poco. Aunque nunca se sabe. Es impredecible. Lo que sí es que cada vez está peor. Y al mediodía, que en realidad empieza a las 11:30, es impresionante ver el carril de ida y el de venida, los dos completamente llenos”. Le creo.

 

Yo mismo recuerdo cuando aquella era todavía mi vivienda y aquella era todavía mi rutina. La última vez que tuve un trabajo con horarios estructurados y formalidades de oficinista la jefa exigió puntualidad a rajatabla y aplicó tolerancia cero: “Usted tiene gente a su cargo. Dé el ejemplo”. Supe así que ya en aquel entonces (1999), para estar a las 8:00 en zona nueve debía salir a las 6:30 y tragarme hora y media de tráfico. En cambio, saliendo quince minutos antes, a las 6:15, el camino me tomaba tres cuatros de hora y podía llegar holgadamente a las 7:00. Opté por esto último. Nunca me nombraron el empleado del mes, pero casi.

 

Recordé también la época, a finales de los setenta, cuando mi papá iba a dejarnos al colegio. El timbre de inicio de clases sonaba a las 7:25. Salíamos de casa a las 7:05 y, aun con el primer tramo de la San Juan en terracería, llegar al final de la Aguilar Batres nunca nos tomó más de media hora. Apenas había tráfico. Sí, ya sé; estoy poniéndome ruco.

 

He ahí una metáfora del país, de su hacinamiento en el espacio y de su atasco en el tiempo, pensé mientras flanqueábamos el redondel en honor a las gestas del 20 de octubre del ’44, viendo de reojo la estela mustia, polvorienta y olvidada, olorosa a meados y caca. Pero no: ni siquiera eso. Más allá de la capital y del acceso a las cabeceras departamentales, rara vez se ve congestión de vehículos. Tampoco se ven carreteras de pavimento o asfalto. Las agridulces mieles del desarrollo salpican a unos cuántos nada más.

 

6:15 de la mañana. Después del Trébol, llegando al monumento a Tecún Umán, del lado izquierdo, las colas en el IGSS. Gente que pasó la noche en vela, aguantando el frío y el sereno con tal de obtener un turno. Me hubiera gustado ver ahí a Max Quirín.

 

Dos kilómetros adelante, sobre los Próceres, en una movida imprudente mi hermano le cierra el paso al motorista que va detrás. Temerario, el tipo consigue rebasarnos sólo para bajar la velocidad, oscilando de lado a lado, pendenciero, desafiante, la mano izquierda al aire sosteniendo un tabaco, la mano derecha al timón, muy cool él; hasta acabar el cigarro, soltar con estilacho la colilla y, ya con las dos manos al control de su nave, acelerar y perderse entre la fila de carros.

 

Menos mal lo que llevaba era una chenca y no una pistola. Por líos menores caen infelices reventados a balazos.