Jueves 18 DE Abril DE 2019
La Columna

Sonidos del Centro

SOBREMESA

— María Elena Schlesinger

En el Centro, los horarios y horas se marcaban con el toque de campanas, silbatos y sirenas, a los que se les unían los ruidos y sonidos cotidianos del inmenso vecindario que era entonces la zona uno.

A eso de las seis de la mañana, la ciudad despertaba y poco a poco se iba transformando en un enorme tianguis, lleno de vendedores ambulantes que pululaban por las calles, ofreciendo a voz en cuello infinidad de abastos y productos para las necesidades del hogar.

Los vendedores tocaban sin piedad los tocadores y timbres de la casa: “¿Qué va a querer? ¿Qué va a llevar, doñita?”, ofrecían al no más abrir la puerta de calle la retahíla de vendedores y marchantes. La señora de las anonas, mandarinas o duraznos de patio, que llevaban con muchísimo cuidado en la cabeza, en un canasto de junco bajito, arropado por dentro con pino verde para que la fruta o huevos de gallinas de patio no se mallugaran.

Los gritones tenían sus días y sus horarios. “¡Colchas, frazadas, sobrecamas!”, ofrecía el marchante, al tiempo que extendía sobre el piso de cemento líquido rojo del zaguán de la casa la variedad de frazadas floreadas en colores chiltotes, ponchos de Totonicapán y las más lindas de todas, a mi entender de niña, los cubrecamas con paisaje de palmeras y garzas con una pata doblada.

Don Jacinto pasaba una vez al mes ofreciendo escobas de pelo de raíz, escobones para quitar las telarañas, mecates de jarcia para colgar la ropa y gusanos para restregar los inodoros de la casa. Era indígena, y debajo del sombrero llevaba un mecapal de cuero de donde salía un lazo con el que hacía un enramado para colgar los abastos que llevaba cargando a tuto en su espalda.

Hablaba entrecortado, con monosílabos puntuales porque no hablaba bien el castellano, y cuando mi madre llegaba a finiquitar la compra, el escobón para limpiar las telarañas del techo o la escoba nueva, el regateo se hacía por señas, tiempo durante el cual yo me entretenía mirándole los pies a Jacinto, los dedos inmensos, como palos de marimba muy hinchados, oscuros, y en lugar de uñas, garras negras y duras como las del loro de la tienda de las Braulias, unas señoritas pasaditas de tueste que se ganaban la vida vendiendo dulces de a medio, panes con chile, bolitas de tamarindo y cigarros sueltos, siempre acompañados con su carterita fósforos.

En las esquinas más transitadas o donde había un semáforo colgado en el cielo, estaban los voceadores de periódico, “La Prensa, El Gráfico…”, gritaban, dando con anuncio, un anticipo de noticia que acaparaba la portada del matutino. En la banqueta más próxima, dejaba el rimero de periódicos, la tarea para vender del día, sujeta con una piedra pesada para que las hojas no salieran disparadas como palomas en vuelo.

mariaelenaschlesinger@gmail.com

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