Viernes 15 DE Noviembre DE 2019
La Columna

Libertad de empresa

follarismos

Fecha de publicación: 16-03-19
Por: Raúl de la Horra

Todas las semanas utilizo dos veces al día los servicios de Uber desde hace dos años: una vez para ir de mi casa a la clínica, y otra para volver. Esto me ha permitido conocer un sinfín de pilotos a quienes infaltablemente interrogo: por qué razón se metieron a Uber, desde cuándo, qué perspectivas tienen, etcétera. También hablo de mí, les cuento a qué me dedico y les pido disculpas por ser tan preguntón, cosa que no les molesta para nada porque de alguna manera sienten que por fin alguien se interesa en sus personas. Es así como me entero de la situación laboral que reina en el país y me hago un mapa rudimentario (además del que me fabrico en el consultorio de psicoterapia) de cómo andan las relaciones sociales y familiares en nuestra sociedad.

Esta semana conocí a un piloto de unos treinta y cinco años, bien plantado y simpático, que debido a recortes de personal en una conocida empresa en la que había laborado durante diez años, lo despidieron a él y a otras quince personas, pero que gracias a la indemnización pudo cancelar deudas y enganchar el carro que ahora maneja. Entretanto, antes de lanzarse a Uber, trabajó un año como transportista de fruta para una marca de supermercados. Su trabajo consistía en cargar el camión, sin ayuda, en la noche del domingo, viajar toda la madrugada hasta el lugar de destino al interior de la República, descargar él mismo la mercadería y retornar, para repetir la operación tres o cuatro veces por semana. Un trabajo de bestia por el que percibía un salario de hambre de 3,000 quetzales, más una bonificación de 50 quetzales de viáticos por cada viaje. Lo hizo –me dijo– porque no encontraba otra cosa. “Era un esfuerzo absurdo para un salario ridículo”, recalcó.

No ha sido el primer caso de pilotos de Uber que me cuentan sus penas en diferentes trabajos haciendo incluso horas extras, cumpliendo variadas funciones para percibir los pinches 2,800 quetzales del salario mínimo, y a veces hasta menos (un joven de una pequeña cadena de restaurantes, mensajero, repartidor y cajero, percibía mil quinientos quetzales al mes por diez horas diarias de trabajo durante seis años, y ni siquiera le daban la gasolina de la moto). ¿Qué constatamos? Que vivimos en el reino de la anarquía y la explotación en su más bella expresión, la libertad del mercado a tope, el cinismo y la desvergüenza de buena parte de empresarios inescrupulosos que se aprovechan de las necesidades de la gente, de la mano de obra barata y de la ausencia de leyes o de su no aplicación. Es cierto que la situación económica global no es entusiasmante, pero conozco o sé de empresarios que son incapaces de avanzarle a su secretaria quinientos putos quetzales de la quincena porque dicen que no tienen ya un centavo, y dos meses después se van veinte días de vacaciones a Italia a visitar a la hija que hace estudios allá, la nena.

Hace algunos años, un amigo finquero, el único finquero cultivado –valga la paradoja– y honesto que conozco, y al que no le va mal con sus dos fincas de café y de otros productos, me dijo, con esa cara dura propia de su clase social: “No me quejo, este año obtuve tres millones de quetzales de ganancia. Sé que ese pisto lo gané gracias a los trabajadores de la finca. Pero no les puedo subir el salario, porque si lo hago, seguramente que los propietarios de las fincas aledañas me mandarían a matar, de eso estoy seguro. Así que prefiero seguir siendo un explotador”. Me dejó pensando y comprendí, de golpe, que los caminos de la libertad de empresa, como los designios de dios, son absolutamente caprichosos e inescrutables.