Martes 19 DE Marzo DE 2019
La Columna

Odio: rostro pusilánime del miedo

EL BOBO DE LA CAJA

— Andrés Zepeda lacajaboba@gmail.com
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El discurso del odio ha servido para sostener gobiernos, para aupar a candidatos, para que fuerzas supremacistas condicionen la política de un país, para que grupúsculos fanatizados penetren y se enquisten en las instituciones del Estado.

 

Lo dice –palabras más, palabras menos– la periodista alemana Carolin Emcke, quien desgrana los mecanismos de este sentimiento en su ensayo Contra el odio. Además de Europa, la experiencia de la autora comprende asignaciones en Asia, Medio Oriente y América Latina. Por supuesto, los razonamientos que ofrece son aplicables también a la polarización que en Guatemala suscitan fenómenos como el éxodo de desahuciados rumbo al Norte, las viudas y huérfanos que dejó la guerra, los movimientos políticos de emancipación, el masivo clamor por acceder a los derechos más elementales, el combate a los privilegios y la impunidad; la lucha reivindicativa por instaurar un sistema de justicia en cuyo manto quepamos todos, no sólo unos cuántos…

 

Si se duda del odio, no es posible odiar. Alguien que duda es incapaz de albergar tanta rabia. Odiar requiere una certeza absoluta. ¿Qué circunstancias ideológicas y sociológicas explican que miembros de una misma especie dizque sapiente y racional se enfrenten (alegatos, descalificaciones, calumnias, insultos, amenazas, actos de violencia física e incluso la muerte) contra sus congéneres en lugar de verse y reconocerse como hermanos? ¿Qué les mueve a sentir y a hacer algo así?

 

El odio no se manifiesta de pronto, sino que se cultiva. Pienso en nuestra herencia alimentada de dogmas fundamentalistas y verticalidad chafarotera. Emcke apunta, además, hacia lo que podríamos llamar dieta informativa: “La imaginación de las personas que se enteran de las noticias sólo a través de determinados medios”, indica, “está atrofiada”. Estos tiempos digitales nos someten a modalidades de interlocución cerradas, endogámicas. Es lo que los especialistas denominan efecto de cámara de eco. Vivimos el espejismo de participar en debates que en realidad son griteríos entre sordos: ráfagas de sapos y culebras saboteadas, además, por el déficit de atención, la tiranía de interfaces que limitan el cupo de palabras, y las burbujas de afinidad en las que nos hunden los algoritmos de las redes sociales, volcándonos con ello al delicado juego de reproducir únicamente perspectivas similares o idénticas a la nuestra.

 

El odio es siempre difuso. Con exactitud no se odia bien. La precisión traería consigo la sutileza, la mirada o la escucha atenta. El odio sólo se puede combatir con la observación detenida, la matización constante y el cuestionamiento de uno mismo.

 

¿Tiene lógica protestar contra la injerencia extranjera en nuestro país y al día siguiente unirse al coro por la intervención en Venezuela? ¿Hay congruencia en renegar del aborto terapéutico y al mismo tiempo hacer bulto a favor de la pena de muerte? ¿Es normal segregar al diferente y a la vez postrarse ante un redentor que predica el amor, enaltece el perdón y se rodea de pobres, pecadores y enfermos? ¿Es más importante el ornato de la ciudad y el reclamo por una pared pintarrajeada que el estupro contra miles de niñas cada año en un contexto de misoginia y brutalidad sistémica contra la mujer?

 

“No es posible vivir en una sociedad abierta sin fomentar la memoria histórica ni reconocer los crímenes del pasado”, concluye Emcke. Para mí que el odio no es sino la careta con que los pusilánimes enmascaran de altanería y menosprecio sus más recónditos temores.

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