Martes 19 DE Marzo DE 2019
La Columna

El hombre de nunca jamás

Lado b

— Luis Aceituno
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Lo que no podemos obviar es que Michael Jackson es autor de un disco en verdad magnífico, el Thriller, una obra maestra del productor Quincy Jones que marcó definitivamente el sonido de los años ochenta y de mucho de lo que vino después. Para encontrarle un paralelo a una obra así de perfecta, nos tendríamos que remitir a 1964, cuando el mismo Jones construyó el célebre It Might as Well Be Swing, que colocó de lleno a los casi veteranos Frank Sinatra y Count Basie en la era más pop de la que tenemos noticia. Thriller inauguró los años Reagan y el perturbador cambio de paradigmas con dos himnos poderosos, Beat it y Billie Jean, que causaron una revolución a lo largo del planeta.

Esto llevó a Michael Jackson al interior de la Casa Blanca, invitado por Nancy Reagan, pero recibido casi con honores de jefe de Estado por el mismísimo Presidente. Era la cultura popular y mediática, representada además por un negro, entrando en el corazón de la clase conservadora más rancia. Un símbolo de que la posmodernidad dejaba atrás los enfrentamientos raciales y se iniciaba, a ritmo de música funky, la era del multiculturalismo, esa que tanto escozor causa en el actual mandatario de Estados Unidos. Jacko llegó a la ceremonia vestido con un atuendo kitsch y bastante curioso, parecía el príncipe de alguna excéntrica monarquía tropical y subdesarrollada. La reunión se vivió como un acontecimiento de Estado y Michael pudo gozar de privilegios y prerrogativas, como la de tocarse los huevos cada vez que se presentaba por la televisión en directo. Una transgresión que ni siquiera le habían permitido al Auténtico Rey, es decir a Elvis Presley, con cuya hija Jacko se desposaría más adelante.

Michael era un tipo bastante extraño, un Peter Pan al que le habían robado la infancia y que, a sus 30 años, vivía rodeado de niños, chimpancés y juguetes. Cuando decidió cambiarse de color, se convirtió en la primera criatura posmoderna, en un mutante que dormía encerrado en una cápsula. En la época en que se construyó su propio parque de diversiones, todos se referían a él como la quintaesencia de la proverbial inocencia americana.

Pero más allá del melodrama y los efectos especiales, Jacko era un ser tan terrenal como Madonna o como todos nosotros, es decir tenía deseos, urgencias y necesidades. Cuando se peleó con la industria del disco, a la que le había producido todo el dinero del mundo, curiosamente se empezó a hablar de un tipo atormentado por sus pasiones más bajas, de un freak que había cambiado su bóveda de cristal por una cama repleta de muchachitos. De un monstruo que había pervertido a más de una generación de cándidos adolescentes. Una alta traición a la causa estadounidense en el mundo.

El documental de Wade Robson, Leaving Neverland, que acaba de estrenarse en el Festival de Sundance, recoge crudos testimonios de los abusos sexuales de aquel niño prodigio que alguna vez compitió en ingenuidad y simpatía con el candoroso Donny Osmond. El mundo entero se siente estafado y pide venganza. Los años ochenta, la era de la restauración, los atuendos cursis y el pensamiento único, se desmoronan sin remedio. El pánico cunde en las redes sociales. La gente se pregunta qué hacer con las copias de Thriller y con los calcetines blancos ¿Quemarlo todo en la hoguera?

laceituno@elperiodico.com.gt

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