Martes 19 DE Marzo DE 2019
La Columna

Valentía con faldas

follarismos

— Raúl de la Horra
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Además de mi primera compañera, Mai, y de mi segunda compañera, Kerstin (la primera vietnamita y la segunda alemana), con quienes tejí lazos entrañables de cariño y de complicidad que perduran hasta el día de hoy, las mujeres más influyentes en mi vida fueron sin lugar a dudas mi madre, Mariuca, y su hermana Luisa, ambas tremendas peleadoras que, como tantas mujeres del norte de España, lucharon desde su juventud contra el fascismo franquista y sufrieron después los embates de la Segunda Guerra Mundial en la zona ocupada por los alemanes al sureste de Francia. Es a ellas a quienes les debo buena parte de la manera que tengo de ver y de sentir el mundo.

De mi infancia, recuerdo el machismo y las vejaciones que Mariuca y yo, cuando era niño, tuvimos que sufrir sobre todo en el transporte público, donde no faltaban los piropos groseros, los pellizcos o las metidas de mano que nuestros machos guatemaltecos solían practicar en las camionetas ante la impotencia y enojo de mi madre, que les lanzaba castizas madreadas ante el silencio cobarde y cómplice del público. Son vejaciones que nunca olvidaré. Posteriormente, cuando a mi padre lo matan de dos tiros y mi madre tiene que sobrevivir absolutamente sola, sin parientes en América, fui testigo de su fuerza y entereza para que saliéramos de la situación que nos había tocado vivir. Casi la totalidad de pertenencias de mi padre fueron utilizadas por los empleados y acreedores, y enseguida aparecieron estafadores de todo tipo tratando de aprovecharse sin misericordia de una mujer sola. De todas esas batallas por la sobrevivencia fui testigo, que nos obligaron a conocer tanto la pobreza moral de un pueblo altamente subdesarrollado, como la bondad y el calor extraordinarios de personas excepcionales.

Con mi tía Luisa, la relación se tejió sobre todo en Francia, donde ella vivía con su esposo, un militante español antifranquista que mencioné ya en otra ocasión porque era generoso y admirado por su compromiso político en la ciudad donde vivía, pero que en casa, especialmente con mi tía, se comportaba como seguramente ni el mismo Franco se comportaría con su esposa. Y es que este es un fenómeno a veces observable: de gente con pensamiento altamente conservador, o sea, individuos de derechas, se puede esperar cualquier cosa, ya se sabe, muchos de ellos se comportan como trogloditas. Pero he aquí la paradoja: también se encuentra entre ellos gente buena y noble hacia sus esposas y hacia la familia. Pero toparse con gente de izquierda, que dice defender los valores humanistas y socialistas, y descubrir que en su casa tratan a la esposa y a los hijos con despotismo y sin respeto –conozco varios casos-, eso lo deja a uno con la boca abierta.

Mi tía, cuya inteligencia y humor eran proverbiales, decidió a los sesenta y pico de años dejar hablando solo al marido. La decisión no fue fácil, porque era ama de casa y le pasaba lo que les pasa a la mayoría de mujeres que están en una situación parecida, que no pueden largarse porque si se van de casa, no tienen cómo sobrevivir. En el caso de mi tía, parlamentó con los hijos y estos acordaron apoyarla económica y moralmente. Así que un buen día su marido, el gran militante, se encontró con una escueta nota clavada en la puerta de entrada: “De ahora en adelante, te harás tú solo la popota (el cocido)”. Años después, le pregunté a mi tía: “¿Y no te arrepentiste?” A lo cual me respondió, con ese sentido rancio del humor que tienen a veces los españoles: “¡Claro que sí! ¡Siempre me arrepentiré, pero de no haberlo hecho antes!”

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